Una figura emerge en la imagen desde la derecha, siguiendo a un hombre en traje oscuro, ataviado como un funcionario de juzgado. Embutida en una gabardina gris clara, una mujer delgada de pelo moreno largo, desarreglado, camina con la mirada clavada en el suelo.
De repente, sin llegar a pararse del todo, levanta la mirada, pero no mira hacia delante; gira la cabeza a su izquierda y clava la mirada en un punto que queda fuera de cámara, sin pestañear; deja de observar su objetivo para comprobar la posición de sus pies, es el último momento de preparación antes de comenzar su ejecución, apenas en un instante. Al tiempo que levanta la cabeza, saca de uno de los bolsillos la mano; en ella lleva una pistola, una beretta 70 de fabricación italiana que nadie sabe cómo ha conseguido introducir en sede judicial. Con frialdad y precisión, comienza a disparar, descerrajando ocho disparos a quemarropa, ante la mirada atónita de los asistentes al juicio, sentados detrás, que tardan unos segundos en reaccionar mientras miran hacia quién dispara; quien antes precedía a la ejecutora, ahora le agarra el brazo y le hace bajar la pistola del punto de mira antes de quitársela. La tiradora se deja coger, se deja hacer, con la mirada perdida, fija en un punto, sin dejar de observar ni un sólo instante a quien ha disparado hasta la muerte.
El fallecido respondía al nombre de Klaus Grabowski, un carnicero de treinta y cinco años, violador y asesino confeso de su hija, un depredador sexual reincidente; la asesina era Marianne Bachmeier, que en apenas un momento pasó de ser testigo en el juicio del asesino de su hija a ser homicida. Justicia por mano propia. Pura ley del talión.
El caso generó controversia en la opinión pública alemana, entre detractores y defensores de la acción de la madre. Condenada a seis años de prisión por su acción, cumplió la mitad y se exiló para comenzar una vida nueva, en Nigeria primero e Italia después, donde enfermó pasados los años, del más letal de los cánceres, el de páncreas. Tenía cuarenta y seis años, cuando falleció, a mediados de los años noventa, apenas quince años después de que lo hiciera su hija. Sólo para morir regresó a casa.
Vidas marcadas por la muerte, por el dolor, por el sufrimiento. Vidas que cambian por cuenta de un hecho luctuoso, impactante, que deja una marca de la que nadie se recupera.
He sabido de este caso por puro azar y tal ha sido la impresión que me ha producido que he tenido necesidad de escribir estas líneas, por solidaridad y respeto ante una acción tan triste como imposible de juzgar. El dolor de una madre no admite cortapisas, ni atenuantes.
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