No tenía muy claro sobre qué hablar hoy y me ha dado la pauta a seguir Carolina, una compañera de trabajo. Después de acercarse al supermercado para comprar unas cosas para ella, ha visto una bandeja de polvores en oferta, por aquello de ir liquidando existencias de un stock navideño que luce en los estantes casi desde el verano, cada año desde antes. Ni corta ni perezosa nos ha ofrecido a todos ingerir alguno.
Cuesta creer que con lo goloso que he sido siempre y lo mucho que me han gustado los dulces navideños, apenas si los haya catado este año. Ya ni si quiera el turrón de chocolate crujiente, una de mis perdiciones, me provoca antojos; navidades que perdieron hace años su fulgor, su ilusión, su razón de ser.
Hoy día, doce de los presentes, me he visto con un polvorón de Estepa, pueblo de Sevilla, famoso por la elaboración de estas delicias, en mis manos, gracias a la generosidad de mi compañera. Quizá por el desfase cronológico, porque me ha parecido gracioso el ofrecimiento, no sólo lo he aceptado, sino que ya lo he ingerido cuando estoy escribiendo estas líneas.
Será el encanto de lo añejo, de lo trasnochado, de hacer, en fin, cosas imprevistas e impensables. Toda la gracia que no le veía en su momento, cuando correspondía, se la he visto hoy, hasta el punto que he de reconocer que me ha encantado comérmelo. Capricho de dulce en horario de oficina.
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