Primero fue Plácido Domingo el acusado por varias compañeras de profesión y escenario, por acoso sexual.
Hace poco hemos sabido del testimonio de una mujer que denunciaba al primer presidente del gobierno de la democracia española, ya fallecido, Adolfo Suárez, por agresión sexual en los años 80, cuando ella todavía era menor de edad.
El último en ser apuntado como responsable de comportamientos de este tipo ha sido Julio Iglesias, acusado por dos ex-empleadas de agresiones sexuales.
Los tres casos comparten el mismo tipo de denuncia, espaciada en el tiempo, que actúa como una espoleta de efecto retardado, pero no por ello menos explosiva y expansiva.
¿ Por qué tanta tardanza en denunciar hechos así, por temor al menosprecio generalizado por denunciar a un famoso, quizá, por miedo a la incredulidad de la mayoría?
Nadie es intocable.
El tema es muy delicado en lo referente a este tipo de cuestiones que sin ningún género de dudas no prescriben como delitos, no desde luego en lo ético y moral, en lo más humano e íntimo; como el caso Epstein está poniendo de manifiesto en Estados Unidos, estas cosas no deben dejar de publicitarse, caiga quien caiga; si la justicia es ciega y sorda, en casos como estos existe la oportunidad de poner en evidencia ese dicho.
Poder y sexo siempre han ido cogidos de la mano; no deja de sorprender como el abuso de autoridad llega a estos extremos, provocando situaciones deleznables, perseguibles y denunciables.
No hay nombres lo suficientemente altos o importantes que estén exentos de las represalias que correspondan, si se confirman los actos denunciados. La dignidad, la restitución del honor, y la compensación por los excesos, sólo serán una mínima parte de todo lo que se debe restablecer a una persona vejada. Contundencia máxima, tolencia cero, con esto.
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