viernes, 16 de enero de 2026

Amigo, tengo hambre

 Tras la carga de trabajo y de horas de obligada presencia en la oficina por una formación, me tomo la tarde libre para recuperar, eso conlleva volver a casa en un horario inhabitual, a medio día.

 Tanto metro como tren de cercanías están repletos de gente, consigo hacerme hueco en el vagón para abrir mi libro y poder leer con un mínimo de comodidad; no tardo en imbuirme en la lectura y las estaciones pasan rápido hasta llegar a Sol.

 En el convoy consigo incluso sentarme, intercalo páginas de lectura con vistas al paisaje, ese que habitualmente esta a oscuras cuando me muevo en transporte público para regresar a casa en invierno. 

 Hay poco bullucio, pocas personas charlando; al rato esa tranqulidad se rompe con la llegada de un joven de color, que como si estuviera rezando una plegaria repite insistentemente: una moneta, por favor, amigo, tengo hambre.

 Seguramente su castellano sea aún muy precario, no lo es así su indumentaria, vestido  con vaqueros de color azul, camisa a rayas y cazadora clara. Unas deportivas blancas completan el outfit

 La retahila hace su efecto y la puesta en escena, también, pese a ser obvio que no hay nada de famélico en el sucedáneo de necesitado que pretende fingir ser; en un momento dado se arrodilla en mitad de los asientos y sigue con su letanía, recitada como si se tratase de un papagayo; cuando se incorpora,  ve cual es el fruto de su performance, son muchos los contribuyentes que le dan algunas monedas; con el botín a buen recaudo en el bolsillo, continua caminado por el vagón y poco a poco se va a pagando la voz, hasta que la jaculatoria se hace imperceptible. 

 Vuelvo a mi libro y a mi historia de guerra y muerte en la Rusia zarista, mientras pienso cuál será el origen del pedigüeño y de qué conflicto armado del África subsahariano, vendrá huyendo. Como muchos otros, estará en ese interim de espera hasta que se resuelva su expediente de asilo, que dictaminará si puede permanecer aquí o no.   

  

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