Domingo señalado en el calendario religioso. Comienza la semana de pasión. Apuro un café muentras me preparo para salir.
Son las diez y media cuando deberían ser las nueve y media. Semana Santa y cambio horario coinciden este año.
Corre viento afuera, que acrecienta una sensación de frio que no es tal en la calle. He quedado para tomar el aperitivo con mi amigo Agustín. Esta vez nos vamos al centro de la ciudad.
Me pregunto si me dejarán cruzar el Parque del Retiro, una vez que termine de ver los puestos de libros en la Cuesta de Moyano. Los días que hay viento se clausura el parque, desde que una rama descalabrara a una criatura, matándola.
Hace justo siete días, caminando por el campus universitario de la UPV en Vitoria, de camino al monolito que recuerda donde fueron asesinados Fernando Buesa y su escolta, oímos el crujido de una rama y como ésta cayó a plomo sobre el suelo, justo unos metros delante de una pareja que caminaba distraída hablando de sus cosas. Impresionante el impacto de la madera pesada, sobre el suelo, aunque más impactante era pensar, si hubiera ocurrido un instante después, justo cuando ellos pasaban por allí.
Me pregunto cuántas ramas como esa caen en la vida de las personas, cortando el paso, o cambiando la existencia; cuantas de hecho cortan la vida de raíz, apareciendo de improviso. Ramas que caen y pueden suponer el final. Sin pensar en ellas, mejor seguir andando y disfrutar de cada paso. La vida es un momento, es ahora y puede no serlo, en cualquier instante.