miércoles, 8 de julio de 2026

Pasar página

 La mañana era perfecta para hacer la caminata, con una bruma que además de refrescar ayudaría a parapetar el sol, antes de que hiciese acto de presencia con todo su rigor, en apenas un par de horas.

  Le gustaba caminar bordeando la carretera, que ya comenzaba a pedir a gritos un reasfaltado, llena de gravilla, que más parecía un sendero de pista forestal. Los viejos quitamiedos de hormigón armado, que serpentean la ruta siguiendo la línea de la carretera, aún brillaban, pese haber perdido el lustre de un blanco que llevaba años cubriéndolos, pese a las inclemencias. Apenas eran unos metros, antes de separarse de la vía y comenzar la ruta por senderos empinados. Un ruido métalico que procedía del promontorio, ladera abajo, antes de hacer unión con el pequeño riachuelo, llamó su atención y le hizo asomarse.

 Allí estaba como tantas otras mañanas, que había subido con el coche, ladera abajo, inclinado con sus botas de montañas aferradas a un suelo de tierra aún húmeda con el rocio de la mañana. Deslizaba la bobina de búsqueda de su detector de metales con movimientos acomposados, con oficio y precisión, apenas unos centímetros más arriba manejando la biela, mientras el aparato emitía su clásico umbral de ruido que no se alteraba con los pitidos continuados al detectar algo, como buscaba su usuario.  

 Sintió el deseo de saludarle, de darle los buenos días, pero luego desestimó la idea, por parecerla molesta e inapropiada; no quería pasar por chismoso, ni alterar la hoja de trabajo del concentrado buscador. Tardó apenas unos segundos más antes de perderle de vista y alejarse monte arriba.

 Leopoldo, así se llama el buscador de tesoros, a buen seguro seguiría un buen rato más abajo, no lo suficiente cuando terminase de andar para buscar su coche; quien sabe si en esta ocasión encontraría lo que con tanto denuedo buscaba, la vieja alianza de su esposa que nunca apareció entre los enseres personales cuando las asistencias recuperaron su cuerpo, del amasijo de hierros retorcidos en que quedó convertido su auto con el que se despeñó en ese punto.

 Pobre hombre masculló entre dientes, mientras concentraba la mirada en el suelo, para evitar posibles esguinces. Cuántos años llevaba así, más de veinticinco, buscando la pieza que necesitaba para cerrar capítulo, pasar página y descansar de una vez, en paz. Hay historias que parecen no tener fin. 

Pasar página

 La mañana era perfecta para hacer la caminata, con una bruma que además de refrescar ayudaría a parapetar el sol, antes de que hiciese acto...