Internet y sus infinitos contenidos; de manera aleatoria me salta una entrevista de un futbolista y a diferencia de la mayoría, que no me despiertan curiosidad alguna, en este caso decido hacer click y verla.
El entrevistado es Álvaro Morata, jugador menospreciado con sorna por una parte de los aficionados al fútbol, pese a tener un expediente deportivo excelente, que incluye haber jugado en varios equipos punteros en los que siempre hizo goles, así como en la Selección Española.
Cuestionado por el entrevistador, Mario Suárez, (un ex-jugador), sobre la posibilidad de ser fichado por un club español para la próxima campaña, este le contesta que no lo ve viable, ¿Por qué? por los comentarios que recibe, para los que declara no estar preparado.
Es un caso especial el de este chico, aunque no debiera serlo, a tenor de los comentarios que se escuchan en un estadio de fútbol, que trascienden la línea de lo grosero, para navegar en aguas de lo indecente. Que el público utiliza este juego como habitual medio de desahogo es una realidad palpable, que deberían establecerse límites, que no vale cualquier insulto, también debería serlo.
Morata dice que recibe ayuda de un coach, un psiquiatra y una psicóloga, con los que trabaja la manera de procesar mentalmente los mensajes hostiles que se dirigen a su persona, pero que con eso y con todo no es suficiente para digerirlo, que cada uno es como es y él no tiene problema en reconocer que es muy sensible. Reconocer que carece de la habilidad de aislarse, de no hacer caso a la suerte de exabruptos que recibe en un terreno de juego, (y fuera de él), le honra y debería abrir un debate sobre el comportamiento en los estadios de los aficionados, más allá de los frentes abiertos en materia de racismo y violencia. No todo debería valer para desgañitarse defendiendo tus colores, cúantas madres deberían estar damnificadas a cuenta de esto.