Qué sensación la de acudir un domingo por la tarde al cine y ver la sala abarrotada de gente y eso que lleva varios días estrenada, sin que por ello baje el poder de afluencia del público.
Con la vitola de película de culto, amparada por el reconocimiento a la mejor dirección en el Festival de Cannes, la creación de Javier Ambrossi y Javier Calvo, va camino de convertirse en una película histórica para el cine español.
La bola negra está estructurada en un tiempo histórico tridimensional: 1932, 1937 y 2017 lo que permite narrar las vidas entrelazadas de tres hombres: Carlos, Sebastián y Alberto que tienen dos cosas en común: su homosexualidad y ser parte directa e indirecta de la obra del poeta granadino Federico Garcia Lorca.
La bola negra toma su título de una obra de teatro homónima inacabada de Lorca, que trataba de contar la historia de un joven, (Carlos) que cuando pide ser admitido en el casino de la ciudad de Granada, encuentra el rechazo de su consejo de gobierno que alega como razón su homosexalidad, empleando para ello el sistema de votación de bolas blancas y negras para significar su voto favorable o contrario. Sobre la base del texto y de su posible destino final, se construye esta historia intensa, primaria, sórdida por momentos, dura pero sin crueldad innecesaria, que vuela en su estructura sobre una puesta en escena maravillosa, dotada de una luz impresionante y un estilo narrativo que hace que la trama se pierda en el tiempo, sin que el espectador tenga la sensación de haber pasado más de dos horas y media sentado en su butaca.
Brillante el guión, la fotografia, el contraste entre el color, el blanco y negro en los planos, la música, la elección de los exteriores y de los intérpretes, muchos de ellos inéditos en las artes cinematográficas, que dan a la cinta una aureola de especial y única que invita a hablar de su contenido antes que de su elenco, por mucho que en él figuen figuras consagradas como Glenn Close o Penélope Cruz. Una obra maestra que invita a la reflexión, a la tolerancia y al respeto de identidades y orientaciones, por encima de cualquier otra cosa.
