martes, 1 de septiembre de 2026

Ataráxico

 Comienza fresca la mañana, abro la ventana para que me envuelva la brisa del exterior, acompañada del rugir constante de motores de coches que se desplazan cuando alzo la vista por calles y rotondas; otra mañana de trabajo que activo desde la atalaya de mi habitación, en casa, en remoto. 

 Doble ración de café para mantenerme despierto; otra noche de poco sueño aunque suficiente descanso; creo que mi cuerpo ya ha asimilado los tiempos de parada y recupero durmiendo muy poco; dudo que sea bueno pero me sirve para funcionar día tras día.

 Abro el correo y comienzo a repasar tareas, tras la resaca de otro cierre de sol a sol. El día de después suele ser incluso peor; gajes del oficio. Al menos no he salido de casa, empieza bien la jornada de todos modos.

 Tengo la mente calma, tranquila, ningún pensamiento la atraviesa, ni tampoco la perturba; creo que me encuentro por un momento cerca de ese estado de ausencia de temores o pasiones, serenidad dulce aunque sea temporal y transitoria.

 Estar relajado en horario de oficina. Todo un logro. 

 Para epicúreos, estoicos y escépticos, es el culmen de la felicidad, pero vivir es sentir, algo a lo que la ataraxia es en principio ajena. Esa frialdad frente a los estímulos externos parece inhumana, irreal, imposible de alcanzar al fin y al cabo, al menos como estado constante.

 Por eso, como esta taza de café que sigo consumiendo, la bebo a sorbos, esta sensación de paz, mientras dure. 

Ataráxico

  Comienza fresca la mañana, abro la ventana para que me envuelva la brisa del exterior, acompañada del rugir constante de motores de coches...