Otra noche de dar vueltas en la cama, de pasar calor ajeno a las condiciones de temperatura que hay en la habitación.
Otra más de darle vueltas a la cabeza, de intentar encontrar panaceas para cosas que alteran y en ocasiones no sabe uno por qué lo hacen.
Por qué bajará el nivel de dopamina, por qué las preocupaciones parecen no tener salida, sube la ansiedad y, lo que es mucho peor, la sensación de soledad.
El temido efecto lupa que a oscuras sólo alimenta monstruos. ¡Qué grandes parecen en ocasiones sin serlo!
Me he levantado y he decidido empezar mi día con varias horas de adelanto; mi café recien hecho me hace compañía y su aroma cálido y envolvente me otorga la primera sensación agradable en mucho rato. Leo los periodicos, decido planificar la mañana, enseguida continuaré la novela de espías que me ha dejado mi amiga Isabel.
Aún a riesgo de adquirir hábitos noctámbulos, a falta de condiciones para conseguir un sueño reparador, que la alternativa no sea la de dar vueltas en la cama y mirar al techo impotente. Dicen que hay momentos de gran lucidez coincidiendo con las últimas horas de la noche, antes de la llegada del alba; no creo que sea mi caso, pero buscaré convalidar esa claridad de mente con el alcance de un estado de paz que se me negaba cuando yacía en mi lecho, hace apenas un rato. Estaré por ello, más que satisfecho.