Hay historias que son sorprendentes y cuando encima descubres que hay detrás de ellas, que están basados en hechos históricos, alcazan el grado de fascinantes.
Es el caso de la que explica por qué la Inmaculada Concepción es la patrona de la infantería española.
Corría el año de 1585, en el siempre duro y frío mes de diciembre en Centro Europa, cuando aconteció este hecho que hay que englobar en el conflicto denominado como la Guerra de los ochenta años, término con el que se conoce a la guerra declarada por los diecisiete estados miembros de los Paises Bajos contra el monarca Felipe II.
Uno de los episodios que forman parte de esa guerra ocurrió en Empel, un pueblo y antiguo municipio, que ahora es una cuarta parte de 's-Hertogenbosch en la provincia holandesa de Brabante Septentrional. Allí cinco mil soldados del Tercio Viejo de Zamora, comandados por el Maestre de campo Francisco Arias de Bobadilla, estaban rodeados en el dique de Empel por cien barcos y cerca de treinta mil rebeldes holandeses bajo el mando del Almirante Felipe de Hohenlohe-Neuenstein.
Muertos de frío, sin provisiones, con la pólvora mojada y sin opciones de victoria, encomendados a sus oraciones y con la determinacion de morir luchando por sus creencias, sus banderas y su Rey, fueron testigos de un sorprendente hallazgo, cuando uno de los soldados, cavando en las trincheras donde se guarecían encontró una tabla con una imagen de la Inmaculada Concepción.
Pronto se corrió la voz, llevando la tabla en procesión a la iglesia del pueblo sitiado, reforzados así en la moral por el hallazgo religioso; esa misma noche habría de acontecer algo inesperado, madrugada del 8 de diciembre, en que las condiciones meteorológicas cambiaron; heló tanto que las aguas del río Mosa, donde se apostaban los barcos insurrectos, cómodos en su espera para ganar la batalla por inanición de sus adversarios, se convirtieron en sólidos bloques de hielo por los que se podía transitar, hecho que aprovecharon los soldados hasta ese momento cercados para pasar al ataque por sorpresa y cambiar el signo de una batalla que sólo podían tener perdida, pese a las inclemencias, pese a la diferencia de fuerzas.
Que se congelara el río y sus aguas de una forma tan rápida y en ese momento, cuando lo normal es que no se produjera ese fenómeno hasta bien entrado el mes de enero y después de muchas noches de heladas seguidas, convenció a los vencedores de que el hecho fue un milagro, por intercesión de la Virgen María. Lástima que no se conserve la tabla en cuestión, al parecer destruida poco después de que se produjeran los hechos. Hubiera sido una pieza que despertaría curiosidad, sin duda, al ser una prueba sobre la que se sustenta unos de los episidios castrenses más sorprendentes de la historia militar española.