Estuvo desaparecida durante nueve largos años y estaba a tan sólo cincuenta metros de su casa.
El misterio de la desaparición de Francisca, se resuelve y lo hace desde la proximidad; su asesino es un vecino y su tumba provisional, un pozo de una casa casi contigua a la suya propia.
Es el duro colofón a la semana de celebración de la mujer trabajadora que se ha saldado con más muertes; a la de Francisca se suman las de Síbora, que apareció emparedada detrás de un muro de una casa y las de Dolores, Antonia y Laura, fallecidas en un incencido provocado por el asesino.
En muchos casos los criminales son reinicidentes, sobre ellos ya pesaban denuncias y órdenes de alejamiento. Es obvio que no es suficiente.
Lo que algunos quieren ver como una excepción, está enquistado en nuestra sociedad; sin ir más lejos uno de mis vecinos, se jacta de tener una orden de alejamiento de su ex, a la que acusa de tergiversar y lo cuenta sin sonrojo, a viva voz, a quien quiera escucharlo.
Seguimos estando enfermos de machismo, rodeados de pretendidos gallitos que quieren pavonearse en un corral en donde no hay más que gallinas.
Que de este mal sólo nos curamos con educación es un hecho, pero mientras eso cuaje, los recursos que se destinan a impedir que estos energúmenos puedan hacer daño tienen que duplicarse. Dobles víctimas, maltratadas por sus parejas y sometidas a indefensión por las administraciones. Hacerlo no es ideología ni adoctrinamiento, es justicia.