Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




miércoles, 19 de julio de 2017

La cabina



Sabía que hacía mal, y lo que es peor, sabía que cuando mirase aquel mensaje de WhatsApp en el móvil de ella cruzaría un extraño Rubicón. Ya no habría marcha atrás.

El mensaje era escueto y parecía un criptograma: a las 7 en el 6,9.

A pesar de que lo mandaba una tal Anna, sabía perfectamente que el autor era Miguel. Una extraña complicidad había nacido entre él y Marta desde el momento en que se conocieron, un día con las cañas de después de un partido de pádel al que se incorporaron las parejas de cada cual. Después de aquello cada vez que hacían alguna reunión, Luis no dejaba de vigilar a su esposa, y a cada risa que soltaba ella con los comentarios o las ocurrencias de Miguel, se lo llevaban los demonios. Esos mismos demonios que acabaron siendo celos, irrefrenables, que empezaron revisando su correo electrónico, después el listado de llamadas de su móvil y que encontraron la evidencia que buscaba cuando en el bolso de ella aparecieron unos condones escondidos en uno de los bolsillos. Entonces supo que el sexo en su cama era a tres bandas. Luis dedujo que Anna era Miguel, porque aquel era el nombre de una amante que se había agenciado a través de una página de contactos. Habituado a escuchar las andanzas amorosas de quien decía no divorciarse por pereza, muchas tardes después del trabajo tomando una copa en el bar cerca de la oficina, sabía que el lugar que empleaba de picadero era el viejo y trasnochado Hotel Calipso, en el kilómetro 6.9 de la carretera de Colmenar.

-Aquí el picha brava muchas luces no tiene-, se dijo mientras devolvía el móvil a su sitio después de cerrar el WhatsApp. Marta salía de la ducha. Luis, nervioso, cogió las llaves del coche y salió de casa después de decirle que iba a la tintorería. 

Vale cariño, nos vemos en casa de tus padres para la cena cuando termine mi curso de sushi. No te olvides de llevar el vino que compramos ayer

Luis ya no escuchó esto último. Cerró la puerta. Bajó las escaleras, incapaz de esperar a que el ascensor llegara para acercarle al garaje. Condujo durante un cuarto de hora sin saber a dónde iba. Aparcó el coche en Mateo Inurria y se metió en el primer bar que encontró. Pidió un Amaretto con mucho hielo, y mientras miraba el reloj siguiendo el lento y parsimonioso andar del segundero. Eran las seis y cuarto.  

En qué momento se precipitó todo, es algo que ni entonces ni ahora sabría precisar. Pago la cuenta con un billete de veinte euros del que no esperó las vueltas, y sin más dilación cogió el coche, enfilando hacia Plaza de Castilla a gran velocidad. Ni el tráfico ni un posible radar móvil le disuadieron de levantar el pie del acelerador. En apenas unos minutos llegó a la entrada del hotel. Para evitar que le vieran pasó de largo, dejando el coche en un descampado próximo, al abrigo de unos matojos que no lo hacían visible a primera vista gracias al desnivel del terreno.

Del maletero sacó su rifle de caza con mira telescópica,  que pese haber ido a tres monterías, no había disparado un solo tiro. Amparado por la oscuridad de aquella tarde de viernes de enero se acercó sigiloso al hall del hotel, sin saber qué hacer para averiguar en qué habitación estarían. La recepción vacía le permitió entrar sin levantar sospechas. Subió al primer piso por las escaleras y quiso la casualidad que en ese momento la viera a ella entrando en una habitación. En la 107. 

Sudaba copiosamente al tiempo que notaba como el corazón se le salía por la boca. Sentía que se ahogaba. Vio entonces un cuarto pequeño que debía usar el servicio para guardar el material de limpieza. Apoyado contra la pared sin más compañía que una escoba, un recogedor y una estantería llena de bayetas y botellas de lejía, encendió un cigarrillo, buscando darse un respiro que la ira que sentía por dentro no le daba. Tiró el pitillo a medias al suelo, salió con paso lento al pasillo y se acercó a la puerta de la habitación. Giró el pomo y allí les encontró, desnudos sobre la cama;  ella encima de él a horcajadas y de espaldas. Luis por un momento se quedó petrificado, contemplando la escena, escuchando los jadeos de ella acompasados con el ritmo de sus caderas. Solo cuando sus ojos se encontraron con los de Miguel, salió de su ensimismamiento. Con la rapidez y precisión de un tirador de élite apunto a la cabeza de ella, descerrajándole un tiro que entró y salió limpio incrustándose contra la pared. Con la sangre manando a borbotones de la cabeza reventada de Marta, Luis dio dos pasos y apuntó a la frente de Miguel que le miraba horrorizado. No tuvo tiempo de disuadirle. El disparo entró en mitad de su frente, dejando en su rostro una mueca de sorpresa y de terror.

Fueron unos segundos, pero pasó toda una eternidad, toda una vida hasta que Luis reaccionó al darse cuenta de lo que había hecho. El corazón volvió a desbocarse y con él sus piernas que le devolvieron al pasillo y buscaron instintivamente la escalera de incendios para iniciar la huida. Pese al ruido de los disparos le dio tiempo a salir antes de que nadie pudiera verle. Ya fuera con la idea de regresar al coche, bordeó el edificio del hotel, cuando de repente se encontró con una vieja cabina, iluminada en mitad de la noche. Sus piernas se bloquearon y pensaron en Marta. Solo entonces se dio cuenta de que realmente la había matado y se sintió un miserable. Lo que no había sabido recriminarle de frente, lo resolvió pegándole un tiro de espaldas. Vencido soltó el rifle en el suelo y entró en la cabina. Pese a llevar su móvil buscó una moneda en su bolsillo, encontrando una de cincuenta céntimos. Llamó al 112 y avisó a la policía contando lo sucedido. Dentro de la cabina le encontró la patrulla que atendió al aviso, sentado en el suelo, llorando amargamente en mitad de la fría noche, con la única compañía de la luz de esa urna de cristal, que consiguió iluminarle y a la vez retenerle. 

Demasiado tarde.

lunes, 17 de julio de 2017

El año del regreso




  El año del regreso es la primera novela publicada por el polifacético Francisco José Capitán, actor, dramaturgo y desde ahora novelista, bajo el sello de la Editorial Atlantis.

  Publicada en el formato de diario y en primera persona, narra las peripecias del autor, en su estancia de un año en Módena trabajando como enfermero de hospital.

 Esa es la primera gran característica que le otorga a la obra una sorprendente fuerza y singularidad; el modo narrativo escogido  por el autor, que cuenta como si de un simple diario se tratase, su día a día en la ciudad italiana. Carente de adornos, con un contundente estilo sencillo y directo, el lector acaba entrando, casi sin querer, en la vida y rutinas de un enfermero que busca una nueva experiencia vital, trasladándose a un país que aprecia y admira, pero del que no encuentra como residente las mismas virtudes que le ofrece como visitante o turista. Así, poco a poco, la trama va desarrollándose en los quehaceres diarios de un extranjero que busca mejorar su conocimiento de la lengua italiana, aprender a convivir con sus compañeros de piso, también enfermeros y extranjeros, procedentes de países balcánicos, y las relaciones profesionales en un centro hospitalario donde la convivencia con compañeros italianos no siempre cuenta con ayuda o aprecio.

 Ese estilo tan personal y directo, sumado a la brevedad de cada una de las historias, que aun conectadas en un hilo argumental evidente, pueden aislarse,  en cada uno de los días de este diario, le confieren al texto una carga emotiva poderosa, de la que es muy difícil aislarse. Así el lector acaba tomando partido en las opiniones vertidas en el diario, consiguiendo solidarizarse en algunos casos, con las ideas y sentimientos allí reflejados, o encontrando discrepancias en algunas otras, que más parecen reflejos de un calentón puntual que de una opinión razonada y prudente. Así esta es la narración de una vida con sus altibajos, con sus momentos de alegría y de zozobra, siempre sazonados por las constantes lecturas en italiano de Pablo Neruda, de la que nos da cumplida cuenta el protagonista.

 Protagonista del que no conocemos su nombre, aunque todos sabemos de quién se trata; al ser este texto una obra esencialmente autobiográfica, aprovecha su historia vital de huida de Madrid a Módena, consecuencia de un desengaño amoroso, como una oportunidad de poner sobre la mesa su principal pasión, la literatura. Así el año del regreso, es un repaso magnífico de toda la obra teatral de Dario Fo, así como de otros artistas italianos como Luigi Di Filippo, Nani Moretti o Roberto Benigni. Su continuo trasiego por salas de cine, teatro y filmotecas en Módena o Milán, ( destacando el Piccolo Teatro, tantas veces resaltado por la figura de Fo),  convierten a esta obra en una auténtica memoria literaria donde se enumeran un buen número de obras, que se han convertido con los años por mérito propio en referentes de la cultura italiana contemporánea.

 La trama culmina con la conclusión del contrato de trabajo que vincula a nuestro protagonista con el hospital; a partir de aquí comienza a velar armas antes de comenzar su nueva singladura vital, camino de Londres, dejando al lector con ganas de más, ansioso de saber que nuevos caminos tomará un personaje, cuya delicada salud visual, largamente mencionada en muchas entradas del diario, no le supone obstáculo alguno para continuar bregando en su camino, decidido, que siendo como es una huida, no deja de ser una ruta necesaria para conseguir el regreso que todo ser humano busca hacer en su vida hacia terreno confiable. Aquel que le permita encontrarse, sea cual sea la tierra que tenga bajo los pies. Esta novela se convierte así en un testimonio de búsqueda permanente, donde la solución no está fuera sino dentro de uno mismo.

  Francisco J. Capitán, irrumpe con fuerza en el mundo de la novela, después de llevar tiempo en el de la dramaturgia, escribiendo e interpretando. Confiemos en que su faceta dramática, no le reste tiempo ni oportunidades de volver a la novela, donde su porvenir es más que prometedor. 


jueves, 13 de julio de 2017

La pluma que vuela



  Juega con ella en sus manos. Siente como se desliza entre sus dedos. Se sienta en el suelo apoyada contra la pared. Deja que sus ojos se entretengan con el paso de la pluma, una y otra vez, entre sus dedos corazón y anular.

  Espera. Está en la habitación contigua, en el vestidor. Dentro de un momento le traerán el traje y la vestirán. Mientras está con un camisón blanco de una pieza como único atuendo. Piensa en los esponsales, en el convite en el jardín, en la vuelta a esa suite que ahora no está al alcance de sus ojos, donde pasará la noche con el que será su marido

  La pluma sigue deslizándose, despacio, suave. 

  En realidad está impaciente, No ve la hora de lucir la alianza en el dedo, señal inequívoca de que se habrá entregado a quien ama con locura. Mientras deja que la pluma siga su camino, sin obstáculos, en medio de la habitación blanca. Vendrá el modisto, le pondrá el vestido con meticulosidad, sin que falte un solo detalle y una vez dispuesta se pondrá delante del gran espejo, ese que la verá vestida y peinada antes de que salga de la suite, el mismo que la verá desnuda y con el pelo revuelto, cuando se entregue a él, más tarde, en la cama que se refleja justo en frente.

  Saldrá de la habitación, bajará las escaleras en espiral enmoquetadas. Pasará por el hall acristalado del hotel que le conducirá al jardín, allí en una esquina estará la orquesta, la que hará sonar la marcha nupcial cuando la vean entrar, justo al lado del pequeño altar que servirá de lugar de consumación del enlace. Allí en medio le estará esperando él, impecable con su chaqué, tan guapo y radiante como la primera vez que lo vio. Y aunque sepa que allí, en el jardín, sentados en sus sillas, estarán sus amigos, su familia, y aunque sienta el brazo de su padre que la estará llevando, ella sabe que solo tendrá ojos para él. Sabe que el mundo se parará sin que le importe lo más mínimo.

  ¡Cuánto tardan! Siente que se pone nerviosa. Le dura poco; le basta ver pasar la pluma, incesante, una y otra vez por los dedos, para que se le pase. Tararea una vieja canción, una nana que de niña siempre escuchó cantar a su abuela, y que de modo cíclico le viene a la cabeza; y hace funcionar sin quererlo sus cuerdas vocales, de un modo inaudible para todos menos para ella, que siente en su garganta como vibran al compás de la melodía. Bueno, no solo la oye ella, también lo hace la pluma, que como si estuviera en plena representación, se mueve ahora entre los dedos de un modo acompasado, a modo de coreografía, como si esa nana fuera un vals, y la mano tuviera a la pluma como pareja de baile.

  Entregada a la música, la pluma de repente se suelta, abandona el auxilio de sus dedos, y levanta el vuelo, apenas un palmo. Y aparece la angustia. De repente las cuerdas dejan de vibrar, y un sonido primitivo y gutural, asoma en la garganta, al tiempo que los ojos comienzan a inundarse de lágrimas. La pluma que vuela mínimamente libre, le devuelve a ella a su cárcel. Como si de un fogonazo o un flash de una cámara se tratase; en su cabeza se construye una imagen. Ve una sábana blanca, cubriendo sobre el suelo un cuerpo en mitad de un charco de sangre. Ella lo mira antes de levantar la cabeza y mirar hacia el cielo, como si mirando hacia arriba quisiera encontrar respuestas que mirando hacia abajo solo le conducen al sollozo y al dolor. 

  Aquel día él decidió poner fin a su vida. Intentando entender por qué ella se volvió loca. Y su tiempo quedó de repente empantanado, en medio de un féretro al que seguía el día de su sepelio, movida como por inercia, y un vestido de boda, que yace en un trastero de alquiler pudriéndose lleno de polvo.

  La pluma vuelve dócil a donde salió. Ella la recoge y la acuna. Recupera la calma. La espalda se relaja.

  Y entonces… juega con ella en sus manos. Siente como se desliza entre sus dedos. Se sienta en el suelo apoyada contra la pared. Deja que sus ojos se entretengan con el paso de la pluma, una y otra vez, entre sus dedos corazón y anular.