Saber cosas a toro pasado, que en el fondo ya intuías pero que cuando las escuchas se clavan como cuchillos afilados y te indignan.
Notas cómo se acelera el pulso, como se inflama la respiración como si comenzases a hiperventilar.
Entonces dejas que el cerebro se active y que la yogurtera empiece a carburar, comienzas a racionalizar para compensar el calentón y volver a un punto de equilibrio.
Reestableces el punto de normalidad, la respiración se reposa, el latido deja de sentirse y se camufla en el cuerpo como siempre, como suele hacer cuando está en estado de tranquilidad.
Y de repente pasas de un momento de ofuscación a otro de satisfacción, al observar que eres capaz de gestionar los sentimientos, de calibrar las alteraciones, de no dejar que un enfado puntual te haga hacer o decir alguna estupidez.
Todo se aprende, todo se trabaja. Qué importante y qué necesario es.
Ante la indignidad, temple.
No por postureo, ni por demostrar nada a nadie, sino más bien por bienestar propio, por salud. Al final siempre sucede lo mismo; el enfado, por mucho que lo viertas contra algo o alguien, sólo te hace daño a tí. Nada como relativizar y contemporizar para cuidar el corazón... y las formas.