Tres placas de bronce oscuro jalonan la fechada de la sede del Consistorio de Aranjuez. Como era de esperar una hace alusión a la constitución del primer ayutamiento democratico en 1979, rindiendo además homenaje al que fue alcalde durante la Guerra Civil, Doroteo Alonso Peral.
Otra de ellas se hace eco de la distinción del Paisaje Cultural de Aranjuez declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en Helsinki el 14 de diciembre de 2001. Es la segunda ciudad de la Comunidad de Madrid reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, después de Alcala de Henares que desde 1972 es ciudad Patrimonio de la Humanidad, como no podía ser de otra forma, siendo la cuna de Miguel de Cervantes.
Sin embargo es la tercera de las placas la que atrae notablemente mi atención; en ella se rinde homenaje a trece vecinos del pueblo, arancetanos que por causas diversas acabaron deportados en el Campo de concentración y exterminio de Mauthausen; sólo cinco de ellos lograron salir de allí con vida, cuando los aliados liberaron a los prisioneros un 5 de mayo de 1945.
Sus nombres están a la vista de todos desde 2016, aunque a la mayoría no dirán nada: Sergio Monzón Albendea, Cesáreo Hidalgo Bustos, Laureano Muñoz Fernández, Sabino Martín García, Antonio Belmonte García, Julián López Nájera, Julio Pérez Nieto, José Jaén Martínez, Román Aranda Chacón, José Arminio del Valle, Recaredo Díaz Mejía, Ángel López Chacón y Alfonso Díaz Salazar.
Homenajes que sirven para tener muy presentes las horrendas experiencias vitales de sufrimiento a las que se vieron abocados muchos, por tener unas ideas distintas o por simplemente estar en el lugar equivocado; nunca el pensamiento que discrepa debe ser motivo de persecución, extorsión o tortura, como tampoco lo han de ser los sentimientos religiosos, la raza, el sexo o la pertenencia a una comunidad.
Hay cientos de reconocimientos de este tipo, desplegados por toda Europa; por ejemplo en Bruselas, donde es frecuente ver en el suelo, sobre las baldosas de las aceras, pequeños trozos de metal insertados que recuerdan a personas asesinadas en estos campos de exterminio, pergeñados por las mentes enfermas del nazismo.
Desgraciadamente la vigencia de estos testimonios no termina de quedar obsoleta nunca, por ello es necesario que placas como la de Aranjuez estén a la vista de todos, para que nadie olvide a dónde puede llegar la sinrazón y la miseria humanas.
