Otro de esos recuerdos de infancia, aquel programa que a comienzos de los años ochenta, enseñaba a analizar un cuadro desde un punto de vista técnico y artístico.
Recuerdo que lo emitían los sábados por la mañana y que normalmente las cámaras paseaban por los pasillos de alguna de las pinacotecas más importantes que tenemos en el país, como el Museo del Prado.
Mirar un cuadro se llamaba; por él desfilaban personas corrientes a las que se pedía que contasen lo que veían en la obra, antes de que el conductor del espacio diese paso a las explicaciones académicas pertinentes.
Aunque fuese a través de una pantalla, con apenas diez años comenzaron mis visitas a exposiciones de pintura, algo que he mantenido de manera constante en los más de cuarenta años que han venido después. Aquellos estímulos que se nos presentan desde bien temprano, en algunos casos acaban calando y permiten adquirir habilidades que se perfeccionan con el paso de los años y dan la oportunidad de descubrir y disfrutar obras de arte únicas.
Porque ver un cuadro es como tener una ventana abierta al mundo por la que uno puede asomarse,contemplar cosas que maravillan, emocionarse o reflexionar.
