Es la magia de los periodos estivales, del tiempo vacacional. La ciudad se vacía y todo lo que a diario enerva, de repente recupera su encanto.
La alegría de contemplar la carretera vacía, de llegar en menos de treinta minutos al trabajo en coche, en un trayecto que de común pasa de la hora en un día convencional. De encontrar asiento vacío en el transporte colectivo, de no hacer cola en las cajas del supermercado o en la farmacia.
Todo el mundo anda por ahí y se nota. Por qué no será siempre así.
Aglomeraciones que cada vez se llevan peor, que cuesta más afrontar, día tras día. Cuánto más viejo me hago, menos soporto el bullicio, el ruido, a la gente.
Sigo atento a las señales, que me anticipan la necesidad de cambios, aunque sigo sin certidumbres de cuando se producirán. De lo único que estoy seguro es de que mi futuro cada vez está más lejos de aquí, aunque no esté cerca la salida. Ya llegará el punto de inflexión, el que abra camino hacia una vida más calma, menos apresurada.