Me preguntaba el sábado pasado un amigo que me parecía a mi cómo está Madrid y le di por respuesta algo que no esperaba; no le hablé de limpieza, de seguiridad, ni siquiera de vivienda, aunque sea el tema del momento. Mi primera contestación a su pregunta fue referirle lo impersonal en que se estaba transformando una ciudad que si por algo se caracterizaba era por su sabor e identidad, algo de lo que carece ahora por completo.
¿Qué es esta ciudad sin sus bares? Ahora en el centro es casi un milagro encontrar algún establecimiento con aroma del Foro, con sus tapas por consumición, con olores de comida tradicional, ambientación castiza o de otro tipo y ruido ensordecedor. En cambio los establecimientos que ofrecen servicios de hostelería, son en su mayor parte franquicias presentes en otros muchos sitios, con camareros muy jóvenes, que ocupan el oficio de paso, sin ese bagaje que antes tenía quien te atendía, hábil al servir, al tirar la cerveza o el vermut.
Quien habla de hosteleria, lo hace también de otros negocios, las tiendas locales brillan por su ausencia.
Me pregunto donde estará a este paso la gracia al viajar, si cuando visitas un sitio nuevo encuentras los mismo productos y servicios, para comprar las mismas cosas.
Las estandarización que desplaza a lo tradicional. Turismo que convierte a las ciudades en parques temáticos y que lesiona el derecho de los habitantes de disfrutar de unos placeres que hay que ir a buscar a los barrios, a los viejos, porque los nuevos no se libran de ese proceso de harmonizar todo, de hacerlo todo igual.