Pasan los años, vienen nuevas inquietudes, nuevos focos y puntos de interés, pero eso no es óbice para que se mantengan intactos los viejos temas, las viejas cuestiones que llamaban la atención desde bien niño.
Pasión por las profundidades marinas, por los abismos en los que habitan criaturas inimaginables y los tesoros que esconden. Cada vez que recuerdo el documental que mostraba imágenes de la inmersión del batiscafo Trieste a la Fosa de las Marianas, el punto más profundo de todos los mares, se me eriza el cabello.
A una profundidad récord de aproximadamente 10.916 metros, la tripulación del Trieste, compuesta por el doctor suizo Jacques Piccard y el teniente estadounidense Donald Walsh pudieron observar lo que ningún ojo humano antes había visto, en apenas veinte minutos, marcando un momento histórico en la exploración del océano. Ocurrió en una fría mañana de enero del año 1960.
El lecho marino y los misterios ques esconde; hoy la prensa se hace eco de los estudios que tratan de ubicar el emplazamiento de un barco de la armada española, el Reina Regente, cuyo naufragio se registró en 1895, en una travesía desde el puerto de Tánger hasta el de Cádiz; ese trabajo científico ubica el emplazamiento del pecio en las proximidades del area de Tarifa, seguramente movido por las corrientes marinas. Su localización supondría hallar también el emplazamiento de la tumba de los 412 marinos que formaban parte de su tripulación y que perecieron en el desastre.
Era el barco más avanzado tecnologicamente de la flota patria en su momento y su desaparición fue un misterio; con los adelantos y formas de geolocalización existentes ahora, será cuestión de tiempo que se dé con sus restos, arrojando luz sobre un episodio triste de la marina, hecho luctuoso que también sirve de estímulo y alimenta la imaginación, de niños y no tan niños.