Tenía 21 años y se aprestaba a vivir una experiencia única, una de esas que ponen la adrenalina a mil revoluciones, realizando un salto desde un puente abandonado, en la localidad de Jandira en Sao Paulo.
Grabado el momento para la posteridad, desde varios dispositivos, en el que se ve a dos personas, sujetando el cuerpo de María Eduarda, con los brazos en cruz, caminan por una pasarela de hormigón sin sujección alguna y en un instante, lanzan al vacío el cuerpo de la muchacha.
De sus piernas no pende cuerda alguna que la sujete; cae y muere en el acto como consecuencia de la brutal caida y de su impacto, de cuarenta metros.
He visionado las imágenes una y mil veces; cuesta creer que nadie se diese cuenta de que la cuerda no se había amarrado convenientemente; hasta seis personas estaban en el momento de producirse la caida, incluido la persona que graba desde atrás el momento, quien mejor imagen tenía de lo que estaba ocurriendo. Sólo después de comenzar la caída se oye una voz que hace mención a la cuerda.
Acusados de homicidio involuntario, dueños de una empresa que no cumplía los requisitios mínimos de seguridad que requieren las prácticas de bungee o jumping. Que de un caso tan tremendo como inexplicable salga algo bueno y se extremen las medidas de control sobre quienes ofrecen este servicio tan excitate como peligroso. No se puede pagar un precio tan alto por hacer algo que sea un reto, o saque de la rutina.