En Siberia, una de las zonas más remotas y frías, lugar de destierros, deportaciones, historias de aventureros, material que es fuente de literatura inagotable.
Un laboratorio, un accidente, una joven especialista contrae neumonía, trágicamente fallece con sólo veintiocho años.
Se descubre el pastel, al parecer era una profesional de laboratorio y trabajaba con sustancias víricas; contrajo algún tipo de peste, que afectó irremediablemente a su sistema respiratorio.
El patrón del hermetismo en la comunicación, de no significar las causas exactas en las que la experta científica contrajo el virus, activa las alarmas; nada mejor que la opacidad en la información para levantar los temores, como ocurrió en Wuhan, hace ya seis años.
Nada parece ni remotamente similar a lo que aconteció entonces; las autoridades rusas no han sellado la zona, los vecinos de Irkutsk, lugar donde se encuentra el laboratorio, hacen vida normal, ni siquiera llevan mascarillas preventivas.
Cuando los chinos detectaron el problema de la coronavirus, además de cerrar los límites de la ciudad, levantaron un hospital de campaña en tiempo récord; al igual que ahora, las autoridades locales se negaron a compartir información y a día de hoy, siguen sin saberse las causas exactas que originaron la propagación de un virus que nos cambió la vida y nos permitió conocer de la existencia de un animal tan peculiar por su aspecto cubierto de escamas, como inocente: el casi extinto pangolín.
Entonces sí había una zona cero, cosa que hoy no ocurre, al menos que sepamos hasta ahora. Me pregunto si aceptaríamos unas medidas restrictivas iguales a las que se plantearon entonces, cuando los gobiernos decretaron confinamientos y medidas preventivas radicales al verse incapaces de atender en sus sistemas sanitarios las demandas de atención medica por contagio.
Tal vez esto sería un polvorín de insurrectos y el comienzo de una distopía que ninguno queremos que se haga realidad, otra vez.