Cien años cumple mi empresa.
Cuánta desafección será cuantificada; para cuántos la efeméride pasará de puntillas, o no significará absolutamente nada.
Siempre me ha llamado la atención el grado de corporativismo dispar que hay en las compañías, especialmente en las más grandes; cómo hay personas que se identifican con el sitio donde trabajan y en cambio otras muestran un desapego equivalente al de aquellos. En medio pulula la mayoría. División de opiniones que se diría en otros contextos.
La realidad es que la empresa no nos resulta indeferente a nadie, ya que el sitio en el que pasamos muchas horas al día, algunos más tiempo que en sus propias casas. Ante eso la indiferencia no tiene cabida, aunque para ello se abrigue la conexión con sentimientos sin duda contrastados.
En mi caso siempre he mantenido cierta distancia; sin mostrarme especialmente orgulloso, sí que le manifiesto aprecio e incluso agradecimiento; toda mi formación tecnológica y de idiomas se la debo por entera a ella, desarrollada a lo largo de más de veintitrés años; eso es mucho tiempo.
Así que no me verá nadie contando beldades del lugar donde trabajo y me gano mi sustento, ni siquiera me siento impelido a mencionar su nombre en esta entrada; lo cortés no quita lo valiente y la sinceridad, manda. Tantas gracias como le doy a ella, seguramente me deba ella a mi, por mi dedicación y fidelidad en casi este cuarto de siglo.