Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




miércoles, 20 de junio de 2018

Un ramo de girasoles




           Nada más terminar de leer la noticia en la edición extra de la Gazette des Tribrunaux que narraba la muerte violenta de una madre y su hija, en su casa de París, cogió su sombrero y me pidió que le acompañara a la prefectura de policía.

            Dupin hizo valer sus contactos para lograr autorización y entrar en el escenario del crimen. Todo cuanto el periódico detallaba estaba ahora delante de nuestros ojos: Un cofre lleno de papeles, ropa y otros objetos tirados por el suelo y dos saquitos con cuatro mil francos en pepitas de oro desparramados cerca del cofre. Descartado el móvil del robo, y tras descubrir horrorizados el cuerpo de la hija incrustado en el interior de la chimenea, boca abajo, la policía trataba de buscar pistas tomando declaración a los vecinos, que alertados por los gritos, trataron de auxiliar a sus vecinas infructuosamente, incapaces de tirar la puerta abajo; declararon haber oído voces extrañas dentro de la habitación, en un idioma que no sabían distinguir y con una voz, aguda y gutural que no sonaba a nada conocido.

            Estremecido miraba a la chimenea preguntándome cómo nadie podría haber metido el cuerpo de una mujer ahí, qué fuerza habría necesitado, ni que lo hubiera hecho un animal, dije en voz alta cuando Dupin con una media sonrisa plantada en su rostro me dijo:

-       Admiro tu don para la imaginación, pero me temo que esto es más sencillo y trivial. Observa.

            Me pidió que me acerca a la jamba que daba acceso a la chimenea; allí encontró una pequeña traza de cuerda deshilachada, semi-oculta en el interior de la misma y camuflada por el hollín que le había caído encima, tiznándola de negro.

-        La señorita Camille murió estrangulada tal y como denotan las huellas de presión de su cuello, pero seguramente ya estaba muerta cuando la colocaron en el interior de la chimenea, y creo que sé cómo

Nos dirigió al tejado donde la boca de la chimenea exterior confirmó las sospechas de Dupin. Varios trozos de ladrillo de rojo cocido yacían esparcidos por el tejado de la mansarda, donde más restos de cuerda se hacían visibles a simple vista. La autopsia revelaría que el cadáver fue atado por los tobillos y alzado desde arriba hasta que este quedó encajonado en la parte más estrecha del tubo. 

-       A fuerza de tirar con ella para asegurar que el cuerpo no cayera de nuevo, terminó por desprender la cuerda de los tobillos de Camille, sino la hubiéramos encontrado. Al menos fueron dos los criminales…
De vuelta al escenario del crimen, A Dupin le llamo la atención en medio del desorden un ramo de flores encima de una cómoda. Estaba sujeto con un trozo de gasa, de color azul turquesa con ribetes dorados.

-       Mmm… Girasoles, la flor de Ucrania, dijo lacónico Dupin.

Haciendo uso de su increíble memoria recordó donde había visto una gasa como esa antes. Y eso nos llevó a detener a la culpable. La utilizaba una de los figurantes de un circo ruso que en aquellas fechas tenía cartel en París.

Valeshka, “la mujer barbuda”, era una ruda ucraniana de manos enormes. Quedó prendada de Camille desde que tras una actuación, quiso acercarse a verla de cerca. Aquella noche mandó a Boris, “Sanson, el forzudo”, además de su hermano, a que la siguiera hasta su casa para saber dónde vivía.

No tardó en visitarla. Con un ramo de flores en la mano quiso declararse, pero su tartamudez evitó que de su boca saliera palabra alguna. Camille soltó una carcajada más de sorpresa que de burla, que hirió en lo más hondo a Valeshka. Dolida salió de allí corriendo, sin oír las disculpas de Camille. Su mente infantil juró que debería pagar tal afrenta.

 Con su hermano como cómplice, aquella noche los dos treparon por la fachada para acceder a la vivienda por una de sus ventanas exteriores. Boris siguió la escalada hasta el tejado. Ataviado con una cuerda, la hizo deslizar   chimenea abajo.

La aparición inesperada de la madre obligo a Valeshka a hacerla enmudecer. De un tajo le cortó el cuello con un afilado cuchillo que con increíble agilidad desenvainó de su funda para hundirlo en la yugular. Cogió en volandas el cuerpo inerte y lo lanzó al vacío por una ventana, cayendo al patio interior donde más tarde la encontrarían.

A solas con Camille poco después, no tuvo opción cuando esta al verla comenzó a gritar y a tirar cosas. Apretando con fuerza su cuello con sus gruesos dedos, miraba con una mezcla de amor y odio aquella cara que con ojos desorbitados exhalaba su último aliento. Al tiempo que Camille cedía,  acertó a balbucear algunas palabras inconexas y entrecortadas, mezcladas con un llanto inconsolable, aquellas que los vecinos escucharon cuando intentaron ayudar a quien gritaba. Atada su víctima por los pies dio un tirón a la cuerda para que Boris la izara, tirando este hasta la extenuación hasta que se soltó la cuerda. Uno y otro huyeron deslizándose por un pararrayos próximo, como si fueran primates, hasta llegar a la calle y perderse en las sombras de la noche. 

Dupin a diferencia de otras ocasiones, parecía indiferente pese a ayudar a la resolución del caso. Su ego no terminaba de encajar el resultado como una victoria. Días después tomando un café en una terraza de Montmartre, le pregunté:

-       ¿Es por lo de la chimenea verdad? Valeshka nunca confesó por qué decidió colgarla.
Me miro con ojos extraños, confusos; definitivamente su intelecto no había encajado no dar con una respuesta.

Sonriéndome giró la cabeza y sus ojos se perdieron entre los transeúntes que a esa hora paseaban delante de aquel café.

martes, 19 de junio de 2018

Leyendo a Rocio Orsi



Solo tuve un contacto directo con Rocío, aunque en realidad tendría que decir que no pasó de ser un simple contacto visual. Coincidimos en el Loyola, el Colegio Mayor del que fuimos internos-residentes, Andrés González, su marido y buen amigo mío y yo.

La razón de la cita era precisamente un homenaje, dedicado a otro colegial que desgraciadamente nos había dejado pocos meses antes, también por culpa de una enfermedad incurable.

Fue en la cafetería, después del acto, emocionante, en que nos despedimos del bueno Hernán. Tenía entre sus brazos a uno de sus dos hijos; me miró con curiosidad, seguramente por verme rodeado de un puñado de compañeros a los que sí pondría cara, a diferencia de la mía que muy probablemente no le sonara de nada.

Ese fue mi único contacto real con Rocío Orsi Portalo.

Después de aquello y especialmente desde que me decidí a realizar una de mis grandes ilusiones tantas veces postergada, estudiar Filosofía en la universidad, mi interés por Rocío se acrecentó. A través de sus textos como profesora o con las ponencias y entrevistas que se pueden rastrear en internet. Tengo tres de sus libros en casa, de los cuales he leído  La economía a la intemperie, y el ensayo introductorio, (no la traducción del texto), de Butterfield y la razón histórica. La interpretación Whig de la historia. Espera en un estante El saber del error: Filosofía y tragedia en Sófocles, a que llegue el momento de ser leído. 

Porque todos los libros tienen su momento, y el de la tesis doctoral de Rocío aún no ha llegado.

A diferencia de todos los que la conocieron yo me acercaré a su recuerdo, a su vida y a su capacidad de mostrar la filosofía y sus autores al gran público a través de sus textos, de sus trabajos, de su pensamiento, desgraciadamente incompleto.

No se me ocurre mejor forma de homenajearla que precisamente así,  leyéndola.

Ese es el título de la última obra publicada en relación a su figura, Leyendo a Rocío Orsi, también publicada por Plaza y Valdés, editorial a la que fue fiel toda su vida.

Sirvan estas líneas, para rendirle sentido tributo. Aunque realmente sería lo correcto decir, sirvan sus lecturas, esas que han llegado ya, y las que llegarán de aquí en adelante para recordarla.