Hoy me he acordado del perro de Colombo, un basset hound para hacer compañía al detective más especial de la historia: Dog, que era tan buen sabueso y tenía tan buen olfato como su desgarbado dueño.
Igual que Woody Allen tiene una estatua en Oviedo, Peter Falk, el actor que encarnaba el personaje en la ficción tiene una escultura en bronce, en Budapest y todo por lo que parece ser una confusión, pues en realidad no existe filiación o parentesto alguno del actor con el personaje homenajeado en esa vía, la Calle de Miksa Falk, quien fue un influyente periodista, político y académico local, pero no su bisabuelo.
Se supone que antes de erigir un monumento así hay que documentarse; de dónde parte la confusión y quién decide continuar con el homenaje en forma de estatua es un misterio; lo único que está contrastado son las raíces húngaras del intérprete nacido en el Bronx al que de niño le extirparon un ojo por un retinoblastoma, algo que lejos de ser un hándicap, le confirió un aspecto único, al que supo sacar partido en su faceta profesional y artística.
Será visita obligada cuando conozca las dos urbes separadas por el Danubio que dan nombre a la capital magiar. Mientras, me conformo con mirar fotos de la estatua, especialmente con la del pequeño Dog, todo ternura.
