Comienzo de la mañana de teletrabajo; azuza el hambre y el estómago pide algo que ingerir; al estar en corral ajeno no se qué viandas hay disponibles en la despensa; abro una alacena y me encuentro unos bollitos de leche; lo que en casa está desterrado por convicción, aquí se convierte en tabla de salvación.
Bollería industrial, abro el plástico de uno de los bollos y le doy un mordisco; según voy masticándolo noto que su testura es poco natural, parece que estoy con un chicle en la boca, cuando por fin lo engullo me vienen las clásicas preguntas a la cabeza, ( ¿De qué estará hecho?, ¿ Esto de verdad alimenta?) se nota que tiene azúcar en abundancia, eso me ayuda a consumirlo con más diligencia, pero no por ello con menos culpa.
Me viene a la mente una imagen por analogía, la de un perro callejero que se acerca a una persona y come la comida que le dan, después de olisquearla mínimamente comienza a engullirla con fruición; puede más el hambre que la prudencia de plantearse si lo que le ofrecen debe ser comido o no; con su decisión se expone a cualquier cosa, a una especie de juego de ruleta rusa que puede acabar de cualquier modo.
No somos tan distintos a los animales; al final pueden el instinto, la necesidad y el confite antes que lo que dicte la cabeza; en nuestro caso incluso es más notable ese grado de mansedumbre, pues el raciocinio no impide que consumamos cosas que seguramente no debieramos comer. Pese a ser conscientes, lo hacemos. Dependientes consecuentes.