Paseo de domingo por la tarde. La coca cola bien fría tomada en una terraza antes de volver a casa, apenas alivia el sofoco en medio de un bochorno que sólo invita a sudar.
Justo antes de subir a casa, junto a un contenedor de basuras, aparecen varios libros desperdigados por el suelo; entre ellos tres novelas de bolsillo de Georges Simenon, maestro de la narración policíaca y creador de un personaje universal, el Comisario Maigret; los recojo y subo a casa; antes de cenar me leo el primer capítulo de uno de ellos.
Buscando algo que usar de marca páginas en el libro rebusco en los cajones de una vieja mesa; de repente en uno de ellos me topo con las pilas del audífono que andaba buscando mi madre y que nos hizo remover armarios y estantes por toda la casa infructuosamente.
- Caso resuelto, monsieur Maigret, me digo sonriente, mientras comparto mi hallazgo con mis padres que miran sorprendidos y contentos. Vaya cadena de casualidades, esa que hizo que pasáramos por esa calle de vuelta a casa, delante de las basuras para encontrar los libros, que yo me animase a empezar uno y que necesitara de un marcador, para voilà!, dar con el deseado objeto, sin en realidad buscarlo, como suele suceder. Fascinante.
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