Hoy me pide el cuerpo hablar de un hecho luctuoso, y un suceso trágico acontecido en Chile.
La escena es esta: una mujer sale de paseo con su perro, el animal se suelta y echa a correr en dirección a donde pasan los coches, su dueña corre tras él con tan mala fortuna que es alcanzada por un vehículo que la atropella, el dueño del coche, no se queda a socorrer a la accidentada y se da a la fuga; testigos que estaban en la zona actúan rápido y la auxilian, llamando a los servicios médicos y a la policia que localiza el auto pero duda sobre la identidad del conductor, culpable por negación de auxilio; trasladada a un centro hospitalario, la mujer presenta un cuadro de extrema gravedad y no supera el alcance de sus heridas; el animal no sufrió ningún percance.
El suceso ha tenido eco como consecuencia de la identidad de la fallecida, una cineasta chilena, Paz Ramírez, que se suma al listado de personas que pierden su vida por proteger la de sus mascotas.
Hay quien todavía no entiende estas reacciones y queda perplejo cuando conoce noticias como esta, o como muchas otras de gente que ha fallecido ahogada, asfixiada o sepultada por tratar de evitar que muriera su pequeño compañero de vida. El vínculo entre persona y animal es tan intenso que no tiene nada de noticiable la reacción casi instintiva de tratar de poner a salvo a quien quieres, aún a riesgo de hacerlo de manera temeraria y poner en peligro tu propia integridad.
Quizá sólo lo entienda quien comparta vida con un animal o quien lo interprete desde la perspectiva de los sentimientos, porque es lo que queda tras esta historia, tragedia de muerte por amor. Que la tierra te sea leve, Paz y a tu pequeño compañero se le haga corto el tiempo que le quede para volver a reunirse contigo.
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