Me desvelé en mitad de la noche, aunque a decir verdad, me despertaron.
Lo hizo un ente incorpóreo, invisible, pero que te contacta con tanta intensidad, como seguramente un ser humano no puede hacerlo.
Como si de un acto reflejo fuese, sin pensarlo, sin apenas abrir los ojos en mitad de la penumbra con la que me gusta dormir, me incorporé hacia el lado de la ventana, cogí la manilla y la cerré.
Cejó la corriente de entrar en mi dormitorio, pero no me abandonó la sensación de frío. Adopté entonces la postura fetal, acurrucado, buscando acumular ese calor que se había difuminado por completo. Incapaz de recuperlo con prontitud, recurrí a mi colcha morada antes retomar mi punto de equilibrio térmico y el sueño volvió a vencerme, hasta que el despertador inmisericorde, me trajo de vuelta a la conciencia.
Agosto parece que quiere empezar a otoñear, pero seguramente no es más que un leve interludio; quedan días de calor y noches de dormir ligeros de vestuario, mientras los días se hacen poco a poco más cortos.
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