miércoles, 5 de agosto de 2026

Soledad

  Salía todas las tardes a caminar por la calle, para seguir una ruta que terminaba por acercarle a la pequeña plaza donde se reunían todos los mayores. Allí echaba un rato de tertulia, el único momento del día en que se hablaba con alguien.

 Tenia miedo de quedarse mudo, de inutilizar las cuerdas vocales, por falta de uso; por eso se obligaba a decir cosas en voz alta cuando estaba en casa, aunque estuviese sólo, aunque no recibiera su mensaje nadie. Especialmente duros eran los periodos de descanso, cuando la gente se iba a los pueblos, con los hijos, para pasar los calores estivales o las vacaciones navideñas con los suyos.

  Aquellos con los que hablaba en la plaza luego volvían tristes, lamentándose sentirse un estorbo, sin cabida en la vida de unos hijos y nietos que no tenían tiempo para pararse. Mientras les escuchaba el pensaba: lo que daría por sentirme yo un estorbo.

  Tanto mundo para tanta gente sola, que acaba por ser invisible, a los ojos de propios y estraños. gente que acaba muriendo de pena, a falta de nada mejor que hacer.

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