Campo que muta poco a poco, hectáreas que dejan de ser de cultivo vegetal, para convertirse en superficies de recogida de luz solar; donde antes faenaban tractores y agricultores ahora lo hacen paneles solares.
Tendencia al alza con pingues beneficios detrás de ella. Una hectárea de terreno produce cien euros de cosecha, mientras que esa misma extensión de terreno alquilada a empresas energéticas, hace llegar al bolsillo del propietario mil novencientos euros. No hay color.
No deja de ser una paradoja que una actividad tan necesaria y vital se convierta en terreno abonado para latifundistas, capaces con la acumulación de tierras de alcanzar un beneficio real que para el pequeño productor es poco menos que una quimera; es fácil criticar la conversión, pero las cuentas salen facilmente si se conoce el tema; falta por dilucidar si alguien se atreverá a ponerle puertas al campo, limitando la proliferación de unos campos energéticos que no sólo alteran el paisaje rural, también los hábitos y modos de subsistencia; que no afecte a la cesta de la compra y a su abastecimiento, es algo que debiera preocuparnos. Agricultura y ganadería extensivas, con su cota de calidad y autenticidad, están en peligro, quien sabe si de extinción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario