Se cuentan por centenares los menores no acompañados que deambulan por las calles de Ceuta al negarse a regresar a Marruecos. Adolescentes que viven en un limbo por voluntad propia, aprovechando los resquicios legales para tratar de consolidarse en el país que pretenden que sea de acogida a pesar de que nadie les quiere aquí.
Cuesta imaginarse una situación así, elegir estar sólo, en un entorno hostil, sin apenas conocer el idioma en muchos casos, como una salida para tener una oportunidad de mejora en la vida, con el conocimiento de sus padres biológicos, de sus familias, que al otro lado buscan los medios para mantener el contacto y saber que sus hijos están bien.
No sé si podría soportar tener a un hijo mío así, sabiendo que seguramente le toque dormir a la intemperie, sin saber si come o bebe, que deberá defenderse de otros que como él no tienen a nadie más que a ellos mismos para valerse ante los demás, que vienen incluso de mas lejos, del África subsahariana. Es una locura.
Que pasen cosas así en el siglo XXI, da que pensar. No toda evolución y cambio supone necesariamente un avance.
Con las imágenes de la marabunta apiñada en un espigón, alcanzando las playas de la ciudad, con el escalofrío que supone recordar los cerca de cien muertos ahogados en el intento de cruzar la frontera,sumidos en una crisis de humanidad de la que somos protagonistas por razones de vecindad. Una crisis que es de dignidad impropia de un mundo avanzado.
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