Dormía profundamente, sin soñar, pese al calor tórrido que humedecía sábanas y almohada.
Ese estado de inconsciencia fue remitiendo progresivamente, lleganado pronto al de duerme vela, poco antes de alcanzar el de definitiva consciencia plena. Algo le había traido de vuelta, un cosquilleo mínimo que sentía por la pierna a la altura de las canillas.
Fue entonces cuando su mente se percató de lo que sucedía, provocando una nerviosa reacción que lo incorporó en la cama como un resorte y le hizo sacurdirse su propia pierna.
Con un rápido giro tocó el interruptor de la luz y al mirarse de nuevo la extremidad, la vio correr.
Era grande, de patas firmes, con esos ganchos que las adornan por la parte de atrás; al saberse descubierta corría por las sábanas hasta que alcanzó el armazón de hierro que configuraba el somier; allí escondida en un esquinazo invisible a los ojos de su atormentado compañero de cama, esperó a que este se tranquilizara, después de comprobar cómo sus pesquisas para averiguar su paradero eran del todo infructuosas.
En vano revisó la estructura de la cama una y otra vez hasta que se convenció de que no estaba, apagó de nuevo la luz y se tumbó, con el escalofrío de verla correr entre el vello de su pierna aún muy nítido y presente. Hasta que el sueño volvió a vencerle y cayó en un sueño más ligero pero pleno, del que fue testigo su vecina blatodea con su alargado exoesqueleto, ya liberada de su escondite, que lo observaba esta vez desde el suelo, moviendo las antenas antes de correr en dirección al pasillo, alejándose así del lugar de una aventura que pudo haberle costado la muerte por aplastamiento.
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