Despierto y mientras me desperezo echo un vistazo al smartwatch. Veo el apartado que controla mi tiempo de sueño. Se aproxima a las siete horas, un número aceptable, pero entre todas ellas no consigo completar ni siquiera una hora completa de sueño profundo.
La máquina me alerta, me avisa, me dice que no está bien, que debo tratar de cambiar algunos hábitos, como el de mirar el móvil cuando ya estoy metido en la cama. La luz del dispositivo, despeja y hace un flaco favor al momento del descanso.
Apenas he puesto un pie en tierra y ya he recibido la primera reprimenda, de un frío reloj que controla mi pulso, mis pasos, mi sueño, mi peso, mis calorías.
¿Cómo es posible que aceptemos este Gran hermano con tanta naturalidad, que controla lo más íntimo sin inmutarnos?, ¿Dónde está el adelanto?. ¿Es una forma de proteger la salud o una manera de alimentar la paranoia, de seres tan preocupados por su bienestar que sólo buscan no enfermar?
No hay peor cárcel ni peor control que el que nos infringimos nosotros mismos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario