Era un ingeniero de posición desahogada y vida envidiable. Hasta que el otro día, cuando abrió la puerta, recibio una visita que no esperaba; le rociaron con gas pimienta la cara y le asestaron varias puñaladas que le provocaron la muerte.
Inesperada y sorprendente, no tardaron las teorías sobre lo sucedido a circular; el clásico ajuste de cuentas se llevaba la palma.
Lo que parecía que iba a convertirse en un misterio que se extendiera en el tiempo, tuvo rápida solución, la clave de explicación de lo sucedido llegó con la aparición de un segundo cadáver.
La de su asesino, que resultó ser un marido celoso,convencido de que el asesinado mantenía una aventura con su esposa; después de cometer el crimen, de volver a casa, quizá de hablar con su pareja, de darse cuenta de lo que había hecho, decidió suicidarse, consumido por la culpa. Celos siempre irracionales.
Pulsión pura, dos machos litigando por una hembra, que esta vez no ha sido la víctima. Leyendo la noticia y los entresijos de su completo desenlace, me ha venido a la cabeza la imagen de un documental de sobremesa, con animales salvajes y sus rituales de apareamiento, con sus disputas y peleas que en casos extremos llegan a ser cruentas y tienen fatal desenlace. Por mucho que queramos verlo de otro modo, somos animales.
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