Sopor a media mañana; se nota la falta de sueño, causada anoche por la cita futbolística, a la que te arrastran aunque no quieras asistir al evento; con todas las ventanas abiertas al caer la tarde, para refrescar un poco las viviendas recocidas tras tantas horas de sol impenintente; se escuchan los cánticos, los gritos de protesta, los lamentos por las ocasiones fallidas; casi no hace falta encender el receptor y ver las imágenes o encender la radio, los gritos y los silencios, comunican igual de bien el minuto y resultado, en tiempo real.
Llega un momento que el café no es suficiente, por muy concentrado que ande de cafeína. El cuerpo necesita de un aporte adicional, que active; para eso no hay nada mejor que el azúcar. Acabados los caramelos mentolados que tenía en mi mochila, comienzo mi peregrinaje entre las mesas, tanteando a mis compañeros, mendigando alguna golosina que me permita endulzarme la lengua y así espabilar mi estado general.
Ese puntillo de azúcar que es un reconstituyente momentáneo, que activa, mantiene, dopa en medio de la faena, ayudando a pasar las horas de un día que parece más pesado de digerir por la flojera y apatía provocada por la pérdida de algunas horas de sueño. Por culpa del fútbol, sin ser futbolero. Siempre hay excepciones que arrastran todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario