Acompaño a mis padres a la frutería; nos atiende una chica que hace un momento hablaba en árabe. Por sus rasgos diría que es magrebí.
Siendo sincero, no recuerdo la última vez que me atendió un frutero español.
Mi peluquero desde que vivo en Valdemoro es un marroquí, los bares que frecuento tienen camareros sudamericanos; el bazar donde compro cosas para la casa lo regenta un chino, al igual que las tiendas de comestibles que abren hasta tarde y que todos frecuentamos cuando nos falta algo.
De hecho hay oficios en los que es cada vez más difícil encontrar gente de aquí: en el campo, en la construcción, en el cuidado de personas mayores... La lista podría ampliarse más; parecen territorio vetado.
O tal vez son empleos que los que somos de aquí no queremos hacer, por su dureza, por sus sueldos, por la pérdida de calidad de vida, con horarios y turnos complejos y fines de semana de faena forzosa.
Y son trabajos de primera necesidad, que alguien debe hacer forzosamente; sin ellos el país se paralizaría, literalmente.
Gente de fuera que viene a contrubuir, a cubrir puestos, a cotizar, a poner su parte en la caja común, de donde salen las pensiones, esa que yo pretendo algún día cobrar sin haber hecho mi aportación al sistema, al no haber sido padre. Sin savia nueva no hay renovación.
Sé que el debate es complejo, que se asumen riesgos, que no todo el que viene lo hace con buenas intenciones, pero es un paso necesario e imprescindible a dar. Necesitamos gente de fuera, la que no encontramos dentro, por falta de voluntad o porque no la hay; esa es la realidad.
Así que a todos aquellos que estan aquí y que hacen por ganarse la vida honradamente con su oficio, solo puedo decirles una cosa; con todos mis respetos, gracias.
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