Estar, pasar tiempo en una taiga suena a idílico, rodeado de bosques repletos de pinos, abetos o alerces.
Masas forestales propias del hemisferio norte, donde los inviernos son crudos y los veranos templados.
Lugares así son el hogar de especies adaptadas como linces y ardillas.
Un paraiso, que se mantiene como tal porque la mano del hombre está muy lejos, tanto que es casi imposible perderse en él.
Casi. Siempre hay excepciones que confirman la regla.
Si no, que se lo pregunten a la Familia Lykov. Sus seis miembros vivieron aislados de la civilización durante más de cuarenta años, teniendo la zona poblada más cercana a más de doscientos cincuenta kilómetros, en la Cordillera de Abakán, dentro de la República de Jakasia, en la Siberia meridional.
Llegaron hasta allí huyendo de las autoridades comunistas, temerosos de ser perseguidos, quien sabe si ajusticiados por ser miembros de los Viejos Creyentes, un grupo escindido de cristianismo ortodoxo.
Fueron descubiertos por un grupo de geólogos, que a vista de helicóptero recorrían la zona, cuando descubrieron vestigios de una cabaña precaria hecha de manera hosca y rudimentaria.
Decididos a inspeccionar lo que habían visto desde arriba, cuando bajaron al suelo quedaron estupefactos.
Allí estaban los seis, vestidos con ropas raídas, hacinados en esa cabaña maloliente llena de restos de semillas y animales muertos;
Apartados del mundo, sobreviviendo con lo que el bosque les ofrecía, ajenos a la Segunda Guerra Mundial, al mundo que surgió de aquello, a ambos lados del telón de Acero. Construyeron una realidad paralela, ajenos a la vida colectiva. Aislamiento elegido, por la fuerza, sin visos de tener fin; así hubieran acabado sus días, si el azar no les hubiera descubierto a los ojos de unos científicos que buscaban otra cosa.
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