Laika vivió con nosotros deiciseis años. Pese a ser una perra abandonada dos veces, terminó sus días en la familia de mi hermana, que la cuidó y mimó con amor infinito. Ya cuando era muy viejita enfermó sin curación, muriendo en los brazos de mi hermana cuando la llevaron a la clínica veterinaria para sedarla.
Muy afectada, mi hermana pidió incinerarla; recogió sus cenizas y las depositó en una caja donde hoy descansan en una estantería junto a una foto suya cuando estaba en lo mejor de su vida.
Gema, está convencida de que la está esperando, que cuando se muera lo primero que verá en esa otra dimensión a la que creemos que iremos cuando morimos es a ella, que irá diligente, corriendo a buscarla, moviendo el rabo, para comérsela a lametazos.
Somos una familia que siempre ha tratado a las mascotas como a uno más en casa, fuera perro, canario, hamster o tortuga; cuando les ha tocado irse y dejarnos han aflorado las lágrimas y han llegado días de luto y tristeza; como dice mi madre son una sombra permanente que nos acompaña y que está con nosotros. Es verdad, es raro el día que no me acuerdo de todos los animales que hemos tenido en casa. El vínculo creado es tan intenso y especial que es imposible soltar lastre y dejarlos ir para siempre con el olvido.
Por eso cuando hoy leo que hay gente que busca clínicas especializadas con la idea de tratar de clonar a animales fallecidos, para que sigan viviendo con ellos, me surge una pizca de ternura y comprensión, aunque en realidad me parezca una barrabasada; aceptar que la vida se va y a quien amamos es un proceso siempre complejo, imposible de acotar en el tiempo. No hay duelos estándar. No pueden ponerse puertas a los sentimientos y a cómo afloran. La pérdida y el vacío a cubrir han de afrontarse con fuerza y serenidad, aunque a cada cual le lleve un tiempo distinto.
Haverá amor mais puro, bonito e intenso que o olhar de um animal, que há muito deixou de ser um animal, é um companheiro,amigo, família, é um amor sem igual.
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