Es un pueblo perteneciente a eso que llaman la España vaciada; oficialmente tiene censados a algo más de 850 personas, pero sólo viven en realidad en torno a las 70 durante todo el año.
La comisión de fiestas del municipio decidió comprar lotería de navidad, como todo el mundo por esas fechas, unos cuantos décimos que luego repartiría en participaciones. El proceso requiere de rigor y de dejar constancia por escrito del mismo, porque si no pueden pasar cosas desagradables, lo que de hecho ocurrió.
El número comprado resultó agraciado con el premio mayor, el gordo y se desató la locura.
Luego llegó el momento de hacer cuentas, de presentar cada uno su papeleta o recibo, para así poder acceder al cobro en metálico.
Pero resulta que los organizadores vendieron más papel de las que declararon, 50 papeletas vendidas de más, que al no ser consignadas descuadran el montante a percibir por cada uno.
Al alborozo lo sustituyó el silencio, a las sonrisas, las caras largas y enfadadas; era sólo el comienzo de una batalla que culminará en los tribunales, como no puede ser de otro modo, pese a que ya ha habido intentos de arreglar la situación, porque nadie quiere renunciar a cobrar lo que corresponde al importe de su participación.
Sin consigna no hay derecho a cobro, si la cosa llega a sede judicial el veredicto será muy nítido, pero hay cosas que no puede resolver la justicia, como por ejemplo en qué situación quedarán los organizadores de la actividad, marcados de por vida por una mala gestión que cuesta cara, en lo pecuniario y en lo emocional; algunos reconocen ya que han perdido amigos a cuenta de un número de la lotería. Triste.
Villamanín, así es como se llama el municipio donde sucede toda esta película; dará que hablar largo y tendido, incluso después de que terminen las fiestas. Seguro. Cosas del azar.
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