Luces que pueblan un cielo que debería estar oscuro, que envuelven desde su base y dan recogimiento en medio de la noche fría.
Un simple mirada que da calor, templa el ánimo, invita a forjar una sonrisa espontánea en los labios.
Me quedo con el cuello en postura incómoda pero no me importa, sigo alzando la cabeza, sigo mirando hacia arriba.
La noción del tiempo se diluye y eso que probablemente sea este casi imperceptible, porque en realidad ha sido muy poco. No es un placer individual.
Otros quieren disfrutar de lo mismo, verse en la misma tesitura, no queda otra que desplazarse y dejar a los demás que contemplen el mismo espectáculo.
Me alejo, pero de espaldas, ahora la vista es otra, veo el árbol completo, pero su florido ornamento lumínico no genera la misma impresión, la misma paz y tranquilidad.
El disfrute callejero de un paseo cuando el día oscurece, por una plaza de pueblo, que da para tanto con tan poco.

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