Cuida con esmero sus libros, sin arrugas, páginas marcadas, sin tachaduras o notas a bolígrafo.
Algunos llegan a las estanterías tras sus lecturas, tan impecables que bien podrían volver al estante de la librería para ser revendidos.
En cambio con este eso no ha sucedido. Imbuido en su lectura, pese a no perder el hilo de la trama, no puede dejar de ver por el rabillo del ojo esa mancha que cuando toda las hojas se juntan en el canto cerrado del libro, dejan un regusto tan amargo como amarillo, a juego con el color de la paella que contaminó el papel, en esa comida de domingo, cuando por descuido lo dejó en la mesa junto al plato del almuerzo.
Piensa que no podía haber sucedido ese leve percante en otro título que no fuera este, cuya trama, llena de llanto, dolor y tragedia, propio de una guerra civil, ha dejado en el alma colectiva del país, un borrón permanente, imposible de limpiar y eliminar, de hacer desaparecer.
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