Mañana fría y lluviosa, camino dormitando por las calles en dirección a la oficina; la costumbre de ir mirando al suelo, me da réditos; encuentro una moneda dorada, cuyo valor sólo distingo cuando la tengo en la palma de mi mano, es de 20 céntimos.
La guardo en el bolsillo y sigo mi camino, con mi pequeño tesoro en el bolsillo, por el que la mayoría de la gente se pararía y se agacharía para atraparla, algo que no ocurre con las monedas marrón oscuro, especialmente si son de uno o dos céntimos.
Todo es dinero, tienen su valor; como lo tienen otras muchas cosas, pequeños descubrimientos que en la calle uno puede encontrar; la mayoría pasan desapercibidos, por parecer desvencijados, trasnochados, viejos, por no tener público que los consuma; es el caso de los libros, algunos son joyas que merecen cambiar de manos, por estar bajo custodia de quien no sabe apreciarlos.
Desde cuando la almoneda no es un tesoro.
Puede que en otra vida haya sido un trapero, ese oficio que antaño era el modo de sustento de muchos, que rebuscando en la basura encontraban objetos que luego convertían en negocio; lo pienso porque, incluso estando dormido, a primera hora de la mañana, con poca luz en las calles, soy capaz de percibir objetos minúculos con brillo, como si de una ucarra se tratase; instinto observador que da para acaparar pequeños tesoros y argumentos para poder narrarlos por escrito, en modo de anécdota.
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