Esta tarde se consumará el acto final, la muerte por medio de eutanasia de una parapléjica de veinticinco años, que ha visto demorado su deseo de suicidio asistido, por el largo proceso judicial iniciado por su padre, que se ha opuesto frontalmente a la decisión de su hija.
Ayer los medios se hicieron eco de la noticia en primicia, con la comparecencia en televisión de la afectada, que esgrimía sus razones para acabar con su sufrimiento y tener una muerte digna. Lo hizo con tanta lucidez, incluso con tanta vitalidad, que ello no hizo más que acrecentar el drama y la incomprensión por parte de aquellos que se oponen frontalmente a la eutanasia.
El derecho a la muerte digna es a estas alturas, algo incuestionado por la mayoría de la población, sin embargo cuando llega el momento de afrontar la decisión, es impactante ver el resultado de la acción y sus consecuencias.
La muerte nunca consigue racionalizarse del todo, siempre se muestra como algo frío, ajeno a la vida, por ello quien llega a la conclusión de que debe poner fin a su existencia,lo hace a oscuras, en silencio y en soledad, sabedor de que no va a encontrar la comprensión necesaria a su acto.
Derecho que lleva inevitablemente a la tristeza, a la pérdida de un ser, que a tenor de lo que escuchamos y vimos ayer, tiene una claridad de ideas que ya quisieran muchos. No soy quien para juzgarte, ni menos para entender tus razones, avaladas por tribunales médicos y autoridades judiciales, como tampoco siento que deba juzgar a tu padre por intentar evitarlo, pese a oponerse a tu voluntad, que debía haber sido lo que primase en todo momento.
Buen viaje, Noelia.
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