Reposa junto a su esposa, en el centro, bajo el crucero del que, sin duda, es el más hermoso templo religioso que alberga este país, bajo una pesada losa de marmol, con una inscripción en latín que aparece en el Cantar anónimo que proclama sus gestas, escrito en el silo XIII:
“A todos alcanza honra por el que buena hora nació”.
Caballero de fortuna, condenado al exilio y la deshonra, convertido en mercenario y soldado de fortuna, combatiente junto a infieles moros, moradores de tierras en una península convertida en crisol de culturas y religiones, sin cuya ayuda, no alcanzaría el cenit de su carrera militar, libertador y Rey de Valencia, que le rinde culto y pleitesía como su tierra burgalesa, héroe de leyenda, inspiración de libros y películas. Su historia es como un imán que no deja de ensimismar a generaciones desde hace mil años.
Era un asunto pendiente, largamente postergado, visitar el lugar donde reposan sus restos, en el incomparable marco de la excelsa Catedral de Burgos. Largos años han pasado ya, desde que un verano adolescente de lecturas apasionantes, de motu propio, me animase por primera vez a leer el Cantar del Mio Cid, con la dulzura que da el castellano antiguo.
Más recientemente Sidi de Pérez Reverte, contribuyó a enriquecer la imagen de un caballero, idealizado por su destierro, poniendo de manifiesto la crueldad de su oficio, sin que ello restase un ápice de la atracción de su historia y sus hazañas.
Sentí envidia del niño al que explicaban quién era la persona que allí estaba enterrada, con el que coincidí en mi visita, a quien le ofrecían el juego de descubrir la silueta del caballero de armadura, sobre la lisa superficie del mármol oscuro. Qué mejor modo de alimentar la imaginación, las ganas de conocer y de leer.

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