domingo, 8 de marzo de 2026

Ron Arad

 Seguir con rigor las operaciones de la nueva guerra, tan impulsiva como sangrienta, tiene su grado de complejidad, más si cabe con el hermetismo con que se están mostrando los detalles de cada escaramuza, de cada incursión y objetivo declarado.

 Los estadounidenses aprendieron en la Guerra de Vietnam que hay dos guerras que  combatir cuando se envía a los soldados al frente de batalla: la propiamente militar y la de la opinión pública, que puede escandalizarse, horrorizarse y dejar de mostrar apoyo si se le muestra toda la crudeza de los resultados de las acciones castrenses. El filtrado y control de lo que se cuenta es medido por ello al milímetro.

  Nos llegan noticias de los resultados, pero no de las estrategias y objetivos a perseguir; instalaciones militares destruidas, infraestructuras civiles estratégicas inutilizadas y la caza y asesinato de los jerifaltes del régimen iraní, con el objeto de descabezar y aniquilar un régimen de terror, sobre el que poco o nada se ha denunciado en tantos años de abusos, crímenes y menosprecios. Cerca de cincuenta, desde que la Revolución Islámica cercenara el gobierno del Sha y lo mandase al destierro.

 Nos quedan semanas de conflicto, de destrucción, de configuración de este nuevo mundo que esta aniquilando las reglas del viejo, donde el nuevo sistema de equilibrios tendrá que encontrar su nuevo punto de pibotaje; La geopolítica tiene puntos de este calibre cada cierto tiempo y nos esta tocando vivir uno de esos momentos de ruptura y reestructuración. En realidad nada nuevo, por mucho que queramos pensar lo contrario.Territorios, materias primas, intereses a repartir... El pastel cambia el reparto, aunque no necesariamente de manos.

 Es por esto que entre todas las acciones militares establecidas, llame la atención la llevada a efecto por las tropas de élite hebreas en Nabi Chit, una aldea al este del Libano. 

 Se organizó con un singular objetivo: los israelíes pretendían encontrar los restos del piloto Ron Arad, que fue capturado en 1986 durante otra de las arremetidas cíclicas de las fuerzas de Tel Aviv contra el territorio libanés. Arad fue capturado por un grupo armado local y desapareció desde esa fecha, tras un primer intento de canjearlo por presos, pues durante un tiempo se supo que estaba vivo. Los servicios de inteligencia israelies, le creen muerto desde 1988, después de ser torturado hasta la muerte.

La búsqueda de Ron Arad ha adquirido un carácter casi mítico en Israel, que nunca ha cesado de buscar sus despojos.

 Las imágenes de un pequeño cementerio con una tumba profanada donde se creía que estaba el malogrado piloto, lo dicen todo, impactan.

 Seguramente sean una excelente metáfora de lo que son los halcones que gobiernan el país de los hebreos.

  Arriesgar vidas, material militar y asumir los costes de una operación de esa magnitud, apoyada por unos bombardeos que han asesinado a gente inocente, cuya única culpa era residir en la zona, es un despropósito que desborda cualquier intento de entender con lógica lo sucedido. Es ese grado de obsesión,  lo que alimenta comportamientos acendrados, posturas radicales, imposibles de contener con parlamento alguno.

  

 

  

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