Son vecinos minúsculos, que viven desde hace décadas entre nosotros, En mi anterior casa en una rendija que dejaban a la vista los viejos ladrillos de la fachada, vivía una familia de ellos, que anidaban todos los años.
Discretos, incapaces de molestar, pero sí de alegrar la vista con sus vuelos, trinos y pasos cortos con botes divertidos que sacan una sonrisa amable.
Rechonchos, es fácil verlos ahuercar las plumas, convirtiéndose en diminutas bolas que así atemperán las inclemencias del tiempo.
Estos pequeños vecinos, se baten ahora en franca retirada. Cerca del 70% de la población ha desaparecido de nuestras calles y jardines, en apenas los últimos veinte años.
Son muchas las razones que apuntan a ese deteriorio poblacional, pero entre ellos llama poderosamente la atención el de la dieta; habituales depredadores de desperdicios y restos de comida que corren por aceras y mesas de restaurante, la ingesta de grasas saturadas está haciendo mella en la constitución de estos pequeños pajarillos.
Sin quererlo, los estamos matando, a cuenta del colesterol.
Comparten nuestra suerte en las ciudades, también la de enfermar y morir; me lo pensaré dos veces antes de darles migas de pan cuando los vea revolotear por alguna terraza donde me encuentre y no por la amenaza de la ordenanza municipal, que prohibe alimentar a aves en el espacio público, con riesgo de sanción económica; es una cuestión de salud pública, la de nuestros animales y vecinos, también ha de importarnos.
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