domingo, 26 de abril de 2026

26 de abril

 Tal día como hoy hace cuarenta años. Un sábado de primavera que con acabó por convertirse en un día negro para la historia de la humanidad.

 La central nuclear Vládimir Ilich Lenin, situada al norte de Ucrania, sufrió una explosión, en su reactor número 4; fue el resultado de una prueba de simulación,  de un corte de energía eléctrica para ayudar a crear un procedimiento de seguridad que mantuviera la circulación del agua de enfriamiento. El experimento salió mal, aunque los ingenieros que lo realizaron no se imaginaban las atroces consecuencias que traería la prueba fallida.

 Puro espíritu de supervivencia. Las siguientes horas vivimos pendientes de las noticias, que hablaban de una nube tóxica que se desplazaba por todo el continente con altas dosis de radioactividad; aunque la mayor parte fuera a parar a los vecinos países escandinavos, el capricho de las condiciones atmosféricas la hizo evolucionar y cambiar de dirección, hasta atravesar zonas del continente europeo.

 ¿Llegaría a Canarias? esa era mi preocupación a mis trece años, el miedo al inicio no alimenta solidaridad alguna; hasta mucho tiempo después no nos preocupamos por los que vivían allí, al lado, por los cincuenta mil que habitaban Pripiat, la ciudad construída para albergar a los trabajadores de la central y que hoy se ha convertido en un parque temático de los amantes del morbo macabro. Menos aún por los operarios de protección civil, policías, bomberos, militares, sanitarios y voluntarios que se movilizaron para apagar las llamas y tratar de ayudar y poner orden en los primeros momentos del desastre, algo que pagarían con la salud y la propia vida. 

 Han pasado cuatro décadas y hoy la preocupación reside en el sarcófago construído para aislar la zona siniestrada y para evitar la fugar de radiación, afectado por las bombas del conflicto entre Ucrania y Rusia. Por una cosa u otra Chernóbil es motivo de preocupación permanente. Un temor intergeneracional, que pasa de padres a hijos, sin que sirva para que aprendamos nada, para que cambie el modo de comportarnos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

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