Ayer preguntaba en unos amigos en una comida de cumpleaños, por un viaje a Marruecos que están organizando y me confesaron que los preparativos estaban en un punto muerto. Los precios de los billetes se han disparado en las webs de viajes y no hay certeza de que el viaje pueda llevarse a cabo por la escasez manifiesta de combustible.
De hecho las compañías están retirando aparatos de la circulación, restringiendo algunas líneas y limitando las frecuencias, sabedores de que el jetfoil con base de queroseno, se cotiza caro y muy escaso. Algunas previsiones hablan de sólo algunas semanas más de suministro, si la situación en el estrecho de Ormuz no se soluciona a la mayor brevedad.
Empresas que limitan los viajes de sus empleados y ejecutivos, autoridades políticas que solicitan el teletrabajo obligatorio en aquellos casos en que sea factible, si nada lo remedia, viviremos una pandemia circulatoria, que pondrá en cuarentena los vehículos de propulsión con combustibles fósiles. Otra vez las calles vacías y sin coches.
Vivimos permanentemente pendientes de las previsiones, a todos los niveles y ámbitos, mirando al cielo en lo climatológico y al bolsillo en lo meramente relacionado con la subsistencia. Volver a vivir al día, son saber que te trae el siguiente es algo que no se acepta ni lleva bien, por mucho que las circunstancias manden y en eso estamos ahora, cada vez más lejanos de un mundo en e que no había carestías de nada, ni existía esta inquietud diaria; esa es nuestra previsión ahora, la de no tener seguridad, la de no saber qué pasara mañana. Estados mentales que han de aclimatarse al nuevo hábitat, que en realidad no es tan nuevo, pues estas idas y venidas llevan ya tiempo viviendo con nosotros.
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