Es el mensaje que me brinda la taza con la que bebo café en mi mesa de trabajo.
Escrito sobre su limpia superficie blanca con letras de trazo elegante, a modo de adorno.
Recipiente que acompaña mis sesiones de faena, siempre a un lado de la pantalla de mi ordenador.
En ella reposa el caldo oscuro y humeante, de delicioso aroma, que raspa mi garganta antes de descender al estómago. Sin leche, sin azúcar, acerco mis labios al borde, permitiendo que mi nariz antes se inunde de olores tan sugerentes, entregado a la experiencia de los buenos catadores del fruto del cafeto.
Cada vez lo edulcoro menos, cada vez aprendo más; me documento y distingo la clasificación del producto, clasificado en función de su intensidad, textura y sabor.
Como me ocurre con el vino, disto de pretender hacerme a estas alturas un entendido del café, pero sí que quiero dejarme llevar, permitir que me envuelvan nuevas experiencias sensoriales, alejadas del torrefacto que tanto predicamento tiene en estas tierras; bebemos café como nadie, pero poco bueno y de calidad, es la realidad.
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