Pereza en puertas de acabar la semana.
La batería está consumida, sólo queda aguantar y ver cómo el reloj va dejando correr las horas lenta y parsimoniosamente hasta que llegue el momento de salir, de poner pies en polvorosa.
De los siete pecados capitales es, con mucha diferencia, el que más practico y en el que mayor grado de debilidad muestro.
Me encanta el término latino que lo representa, acedia, que a su vez deriva del griego, akēdía y que traducido literalmente significa indiferencia.
Soy víctima de cuando en cuando del demonio del medio día, que así es como lo definían los monjes cristianos, cuando trataban de referirse a ese estado de apatía, desgana, tedio y desmotivación.
¿Cómo superarla? El manual dice que con persistencia, mostrando paciencia y disciplina, esa que nos lleva a estructurar el día manteniendo todos sus compromisos, aunque no haya ganas. Como siempre se ha pensado que ataca al espíritu antes que al cuerpo, es recomendable encomendarse a alguna suerte de trabajo físico, que ayude a no dejarse arrastrar por la inercia, a no abandonarse.
Luego vienen la resaca y sus consecuencias, con la llegada del cargo de conciencia, de haber perdido el tiempo, de no haber hecho lo bastante, de no ganarse el sueldo. No hay propósito de enmienda que elimine la vuelta de ese momento y de esa sensación.
Asi que mientras pienso sobre eso, en pulir la falta de energía que parece que me atrapa, estoy, encomendándome a la faena de escribano y plumilla, manteniendo erguida la cabeza, haciendo el esfuerzo de no mirar a la esquina de la pantalla, la que muestra la hora exacta.Faltan tres horas...
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