Me escribe una amiga preocupada después del enganchón de anoche, de hartarme de las impertinencias de algunos que han desembocado en que dejara un grupo de whatsapp de amigos.
Aunque es un mensaje escrito, percibo su tacto, con qué delicadeza me tantea, busca que me abra, que le cuente qué me ha hecho enervar; sin duda tiene oficio, trabajo acumulado de muchos años escuchando los problemas de la gente en su consulta.
Porque además de su trabajo administrativo en las oficinas de unos grandes almacenes, tiene un gabinete esotérico, una consultorio donde lee las cartas, (entre otras prácticas adivinatorias) y lo hace con éxito, a juzgar por la cartera de clientes que tiene y los cursos de enseñanza del Tarot que organiza, cuyas plazas cubre casi al momento.
Me reconoce que lo que hace en muchas ocasiones es un trabajo más de psicóloga que de experta en leer el futuro, que muchas personas van a verla con la necesidad de encontrar a alguien que las escuche, que les permita de alguna manera desahogarse. Es un trabajo más humano y sensible que adivinatorio en muchos casos.
Le digo que deberían estar en nómina de funcionarios de la Seguridad Social y pasar consulta en los centros de salud, que mucha gente seguramente no necesitaría de médicos ni tratamientos para paliar en el fondo una soledad que se acrecienta en esta vida de carrera y poca escucha, nula empatía con el otro, que llevamos. Se echa a reír por mi ocurrencia.
Terminamos la charla, le agradezco que me haya escrito, sus consejos, ( me pide que trabaje la respiración, que no le damos importancia a inspirar y expirar bien, que ayuda a relajarse más que muchas otras cosas) y le deseo buen fin de semana.
Sigo con mi café, con la lectura de mis periodicos, pero parece que de otro modo, con una sonrisa y tranquilo. Es el valor de las pequeñas cosas que son tan grandes; Que alguien te dedique un pequeño rato desinteresadamente es, sin duda, un regalo.
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