Han pasado más de veinticinco años.
De ser lapidada y condenada a prisión, en donde pasó quinientos días con sus noches, a ser reconocida por el Ministerio de Igualdad como una figura destacada del colectivo LGTBI.
Acusada por los prejuicios, por su condición de lesbiana, más que por unos hechos confusos, que la ponían en el círculo de la tristemente asesinada Rocío Wanninkhof, al ser la ex-pareja de la madre de la finada. El juicio paralelo público la declaró culpable antes que el jurado popular que, dividido en su veredicto, terminó por condenarla.
Sólo la casualidad, una colilla con trazas de ADN encontrada en el suelo, que unió dos crímenes, ( la segunda víctima se llamaba Sonia Carabantes), en apareciencia completamente ajenos, fue la que arrojó luz sobre una historia tan dolorosa como truculenta, delatando al depredador y criminal autor de los hechos.
Nunca es tarde para hacer justicia; este gesto con Dolores Vázquez más que un homenaje tardío es un símbolo de reconocimiento con el que deben sentirse representadas otras personas de ese colectivo, a menudo maltratadas por la orientación sexual, sea en el contexto que sea. Más si cabe ahora, que ciertas hordas cuestionan la validez de unos derechos que no terminan de consolidarse; ver para creer.
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