Amenece el día con cielos plomizos y aire húmedo que da brío y ambienta mi dormitorio. El aroma a tierra mojada del jardín que tengo delante de la ventana se mezcla con el del café que acabo de preparar para comenzar a teletrabajar.
Apago la radio; el mundo comienza una tregua de dos semanas, auspiciada por la mediación de los paquistaníes y con dudas de qué grado de firmeza tendrá el acuerdo; en eso nos hallamos, habituados a vivir al día, sin la consistencia y tranquilidad de otras épocas, en la que todo era más previsible.
Antes de ponerme con los primeros reportes de la mañana, ojeo la prensa con el ordenador y viene una noticia espléndida, Los Gabrieles, mítica taberna del centro sita en la Calle de Echegaray, vuelve a abrir sus puertas y, además lo hace a lo grande, con sus maravillosos azulejos restaurados. Volverá a ser posible tomar un buen vino o una cerveza rodeado de estampas que recuerdan a otros tiempos, con imágenes de hace más de un siglo, entre las que destaca siempre la obra esqueletomaquia del artista impresionista jerezano, Carlos González Ragel, célebre por sus escenas y paisajes costumbristas pobladas y protagonizadas por esqueletos.
Para celebrarlo, desde luego, en una ciudad como ésta que poco a poco va perdiendo su aroma y va camino de convertirse en un parque temático turístico; que locales con solera y tradición vuelvan a abrir sus puertas es una bocada de aire fresco, tan limpio y húmedo como el de esta mañana, que sigue acariciando mi cara a través de la ventana.
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