Quienes practican la picardía son pícaros, gente de fortuna que sobrevive con el ingenio y unas artes no siempre limpias; personas que pican para subsistir con astucia y también, si lo requieren las circunstancias, con malicia.
Hay quien se adscrible a la teoría militar, otra tradición que señala a los soldados españoles que regresaban de la región de Picardía (norte de Francia), quienes para sobrevivir en tiempos de guerra debían recurrir al ingenio y la astucia, ganándose la fama por ello de pícaros.
Toda una región llena de pícaros, aunque seguro que habrá muchos que no hagan gala ni honor a tan dudoso apelativo.
Sea la acepción que sea, las dos va orientadas en la misma dirección y son muy propias de estos páramos, como si formasen parte de nuestra herencia cultural, algo aprendido y heredado.
Pasan los tiempo, las épocas y los pícaros no dejan de existir, incluso parecen extenderse y propagarse más que nunca. Son de hecho un excelente variable de control en este experimento social que es la convivencia en el día a día entre personas que contemplan el atajo como medio de promoción y consecución de resultados. Meritocracias variopintas.
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