Todas las fotos son iguales,captan un instante, un gesto, un momento de expresividad emocional que abarca toda una panoplia de opciones y de consideraciones.
Es congelar en una instantánea un momento de vida.
Sin embargo, no todas tienen el mismo recorrido. Unas no salen del ámbito privado, muchas se extravían o se destruyen, dejan de dar testimonio, de refrendar el momento que las motivó. De entre las que se muestran, la mayoría no salen de un álbum o una caja; en cambio otras son expuestas en museos, amplificando el espectro de observadores.
Lo que era un momento privado, pasa a convertirse en un acto de visualización y consumo masivo, en una suerte de mercantilización de la vida particular.
Como si se mancillase lo íntimo a toro pasado.
Siendo todo igual, el final varía según las circunstancias. Las fotos de Elvis Presley son un tesoro a enseñar; las de cualquiera de nosotros, ciudadanos de a pie anónimos, materia vulgar y desdeñable, incluso proclive a acabar en el olvido, acumulando capas de polvo, que dejan bajo ese sustrato una vida tan valiosa como la que luce en un expositor.
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