Puky es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.
Así comienza Juan Ramón Jiménez su obra cumbre, Platero y yo, para hablar de la historia de amor de un niño y su burro.
Por alguna razón me viene esa frase a la cabeza cuando estoy con otros animales, seguramente porque es válida para todos ellos. La ternura no conoce de especies.
En estos días me acuerdo mucho de Puky, el perro pensante, que además de ser todo lo que dice Juan Ramón en su novela, es un perro cavilante y curioso, un animal filosófico, como decía Descartes.
Te mira con paciencia, con fijeza, pero sin intimidarte; te estudia sin prejuzgarte, aunque si ve algo que incordie a su dueña, te ladrará sin el menor de los miramientos.
Tiene claro su rol, su papel, de proteger y cuidar, de mimar y atender; detrás de su aspecto rígido y fornido, de perro de presa, musculado y fibroso, hay un corazón bondadoso, tierno y sensible, muy sensible.
Puky sufre de hiperacusia, no le gustan los ruidos estridentes, en especial las sirenas de las ambulancias; cuando una pasa cerca, se revuelve y se ofusca, tarda un rato en calmarse y volver a su estado de somnolencia, ese que hace que sea capaz de pasarse muchas horas al día tumbado, dormitando.
Siempre que me acuerdo de él lo veo con su manta, acurrucado en el sofá, fingiendo dormir, con un ojo abierto pendiente de su dueña, a la que sigue allá donde vaya.
Tenía pendiente escribirte unas líneas, hablar de ti; después de verte el otro día en el parque, rodeado de nieve, con tu abriguito, posando entre árboles copados de tan blanco ornamento.
Quiero que sepas que me acuerdo mucho de ti, que me gusta mirar tus fotos de vez en cuando, que consigues sacarme una sonrisa, siempre.
Gracias por acogerme con tanta calidez y hacerme cómplice de tus juegos y paseos en el parque. Corretea y juega como el burro protagonista de la historia, que también podría ser la tuya.

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