Voy dando un plácido paseo por el centro de Málaga; la calle Larios aún luce adornos navideños que no se han desinstalado, dada la pomposidad de una estructura lúminica que a cada año que pasa parece más compleja.
Paseo tranquilo, por una calle que siempre anda concurrida, haga el tiempo que haga; pese al bullicio, no hay voces altisonantes, ni ruidos especialmente significativos, hasta que de repente escuchamos a alguien lanzar un alarido ininteligible.
Instantaneamente somos muchos los que nos giramos para depositar nuestra mirada donde localizamos al autor del grito, que luce un palo selfie con el que se graba mientras sigue diciendo cosas que no se entienden. Al cabo de un instante más deja de emitir sonidos guturales, y recoge el extensor para recuperar su móvil.
Es entonces cuando mi sobrina, me dice que es un famoso influencer de la ciudad, al que se le reconoce, entre otras cosas por hacer performances como esta.
Me dice su nombre, pero me resulta tan poco reconocible como los gritos que hace un momento hacía el interpelado; ni me molesto en volver a preguntárselo, sabedor de mi incapacidad de consumir contenidos por esta vía.
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