jueves, 5 de febrero de 2026

Pavor

 Hay un antes y un después desde que ocurriese la desgracia de Valencia. Falta por saber si es un cambio circunstancial o viene para quedarse para siempre.

 Andamos temerosos de que sucedan hechos parecidos en estos días en los que se están encadenando frentes fríos que en forma de borrascas, están asolando diferentes puntos del sur de Europa. Da lástima ver zonas de campo anegadas, ciudades inundadas por el torrente de unos cauces de río que son incapaces de dar fluidez a semejantes corrientes de agua brava.

  De la desidia más absoluta hemos pasado al control y revisión más tenaces; ahora nos preocupan el estado de las presas e instalaciones hidroeléctricas, la limpieza del lecho de los ríos y lo que es más importante, los servicios de emergencias extreman el celo para mandar las alertas de aviso a una población que asume las medidas de contingencia, incluidas las preventivas de desalojo, por si la crecida es excesiva e incontenible.

 Qué raro se hace ver tanta previsión, tanta sensatez para evitar desastres en forma de pérdidas humanas. Se nota que ha calado el miedo de verdad en nuestros cuerpos. 

 Auténtico pavor, modulado por los cambios que nuestra cabeza ha asumido, probable herencia de una pandemia que nos ha dejado secuelas como nunca antes habíamos contemplado. Pocas fuerzas hay más poderosas que el miedo. Paraliza, pero también anima a actuar, incluso a prevenir. No hay mal que por bien no venga. 

  

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