Se llama Salma y es una chica marroquí. Su nombre ha salido a la palestra desde que se supo que había sido la protagonista de un cautiverio en una casa de Murcia, en la que ha pasado dos largos años secuestrada, como si estuviese en una prisión a manos de un español que la ha sometido a todo tipo de vejaciones.
Abominable, respulsivo, miserable… la lista de apelativos para condenar el suceso se quedaría corta. El criminal ha sido puesto a disposición judicial, después de que los medios se hicieran eco de la noticia y publicasen la imagen del sujeto, que lejos de tratar de ocultarse o de sentirse intimidado, aparece altivo, con gesto que no dilucida temor , preocupación o arrepentimiento alguno.
Imagino que los psiquiatras determinarán qué clase de transtorno sufre un sujeto así, depredador cruel y despiadado, capaz de sentirse con derecho a menoscabar la dignidad de una persona, de esa manera, hasta el punto de cercenar su libertad.
Me entristece la historia, es tan grande el asco que produce, que todavía enerva más ver cómo se generan debates paralelos entorno a la truculenta historia, siempre en relación con la nacionalidad de la víctimas.
Hay quien dice que si la víctima hubiera sido española y el secuestrador marroquí, las calles se habrían llenado de protestas pidiendo justicia y la expulsión del agresor del país, pero que habiendo sido justo lo contrario, la indignación se ha amortiguado, ha pasado de puntillas entre la opinión pública, incluso en las redes sociales.
Quiero creer que no somos tan indignos de considerar a las víctimas de uno modo u otro por su procedencia. Salma es mujer y persona antes que nacional de un país africano y emigrante; debe resarcírsele de su martirio, hacerse justicia con su caso. Somos personas, antes que ninguna otra cosa y es el comportamiento lo que ha de juzgarse, sin prejuicios de parte o de origen. Un delicuente lo es por su voluntad, no por el lugar en donde ha nacido.
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