Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




jueves, 23 de marzo de 2017

Pasillo de ida y vuelta

 Como cada tarde, sale caminando despacio, camino del metro. Apenas son cinco minutos de paseo, pero los disfruta con gusto; sentir que el aire de la tarde le da en la cara después de muchas horas dentro de la oficina, le devuelve la energía y la sonrisa.

 Ya en el vagón del tren, invierte el tiempo en leer algún libro, o simplemente en mirar a la gente. En la siguiente parada a la suya, zona de muchas oficinas, se llena enseguida el convoy. Tiene su parte mala y buena. La mala es la incomodidad que genera la aglomeración de gente. La buena es que se suben muchas chicas, y siempre se deleita mirándolas, especialmente las que le resultan más guapas.

 Una vez por semana cambia de ruta. Normalmente va directo a casa, salvo los lunes que va al centro a hacer cosas. Esos días cambia de tren en Diego de León, perdiéndose por pasillos largos que obligan a caminar un buen trecho para pasar de una linea a otra. 

 Al principio no se percató. Caminaba por aquel pasillo, el que comunica la linea verde con la circular, siguiendo la estela de los que le precedían, mirando a ratos el suelo, prestando atención a algún músico que en alguna de las esquinas del trayecto tocaba su instrumento o cantaba. Caminaba por caminar, convencido de hacerlo por una zona que no transitaba mucho.

 Hasta que un día se dio cuenta. No caminaba por terreno baldío, Le parecía extraño porque lo hacia en una dirección diferente. Pero aquellas pisadas de cada lunes, solo eran un desandar de aquellos pasos que antiguamente hacía acompañado.

 No hace mucho que ese mismo pasillo, lo transitaba en dirección inversa. Cogido de la mano. De la mano de ella. Siempre muy de mañana, aprovechando la coincidencia de ruta. Permitiéndole dejarla en su trabajo antes de ir al suyo. Aquel pasillo tenia un visión diferente, con caras diferentes, aún somnolientas. Un ruido diferente, con los pasos silenciosos, solo acompañados por la voz de una chica rumana que en una esquina, cantaba canciones acompañada de un pequeño equipo de sonido. Lo hacía realmente mal, pero el simple hecho de que cantase  Chiquitita  de ABBA, le resultaba entrañable. Le recordaba a su infancia en que la oyera infinidad de veces. Al poco de pasar a la rumana con su canción, se despedía de ella dándole un beso, y se separaban. Ella escaleras mecánicas arriba para salir a la calle. El camino del enlace con la línea cinco.

 Hoy ese camino de ida se ha convertido en un camino de vuelta. La rumana ya no canta, y su mano izquierda camina libre, sin sujetar la de nadie. Y cada lunes que camina por ese pasillo, siente que poco a poco va desandando pasos que le hacen olvidar un pasado, que no tiene cabida en este presente, que va a paso firme por otra dirección, sin andar por un camino diferente.