Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 3 de marzo de 2017

La entrevista


- Tú no te preocupes, cuando llegues a la entrada mira a tu izquierda y dirígete a la sala que está al final, junto a las cristaleras. Allí te estará esperando Teresa que te preguntará si vienes para la entrevista del puesto de encargado y te dará el formulario que tienes que hacer como que rellenas, compórtate con naturalidad y ya está.

  Esas eran las instrucciones que me dio David, y con ellas llegué al hall del Hotel Carlton a las cinco menos diez, un poco antes de la hora que me había indicado. No sabía realmente por qué estaba tan nervioso. Apenas si iba a ser un mero figurante que se sentase en uno de aquellos sillones donde ya estaban Emilio, Ángel y Nuria haciendo el mismo paripé que comenzaba yo en ese instante. Teresa me recibió como estaba previsto. Estaba guapísima con un vestido de dos piezas que parecía el uniforme de una azafata de avión. Al fondo, en una mesa instalada en un rincón, adoptando aires de mucha profesionalidad, David y su colega, un profesor de la escuela de criminología, hacían como que miraban documentos, muy en su papel de entrevistadores. Cogí mi formulario y una vez acomodado empecé a leerlo, si bien cada poco levantaba la mirada para ver que hacían mis compañeros de reparto, y mientras tanto ni rastro del protagonista de este sainete, cocinado por David, con el objeto de conseguir una prueba caligráfica que usar en un juicio por daños y perjuicios para su clienta, una empresaria de hostelería arruinada por su ex pareja a quien había contratado como camarero y con el que acabó manteniendo una relación sentimental destructiva; aquella mujer se convirtió así en el primer cliente de David, poco después de que consiguiera la licencia de detective privado.
    
 Los minutos pasaban lentamente; probablemente empujado por la comodidad de aquel mullido sillón, mi cuerpo fue relajándose, llegando a lanzar una tímida sonrisa a Nuria que sentada a mi lado, con los ojos, parecía decirme, ¿ Qué pasa, no aparece este tío o qué? Las manijas de mi reloj parecían no obedecer al tiempo que como si estuviera congelado nos mantenía maniatados en una situación artificial en medio del trajín cotidiano del hotel. Ir y venir de maletas, camareros con bandejas y bebidas, Unos críos jugaban con un oso de peluche en recepción mientras esperaban a que sus padres terminaran de realizar sus gestiones en el vestíbulo... Entretenido estaba en observar al público de aquel hotel a esa hora de ese viernes de mayo, cuando sin darme cuenta, nuestro sujeto apareció.

  Tendría unos cuarenta años, moreno, alto, de pelo lacio bien cortado y peinado hacia un lado, sin apenas canas, adornaba su cara con unas gafas de montura redonda plateadas, que le daban un aire interesante, un tanto bohemio. Vestía una camisa a rayas bien planchada y unos pantalones de pinzas oscuros que conjuntaba con unos zapatos negros italianos muy limpios.  Cuando Teresa le abordó para darle su formulario, le echó a esta la misma mirada interesada que un rato antes le había echado yo. Cogió su folio, su bolígrafo, y sin más se sentó en uno de aquellos sofás donde nosotros esperábamos desde hacía un rato, donde estábamos esperándole a él. La casualidad quiso que un segundo antes quedase libre justo el que estaba en frente de mí, con lo cual, cara con cara lo tuve delante durante unos minutos.

  Como si alguien me hubiese reactivado por dentro apretando algún tipo de botón, dejé mi actitud pasiva y observadora y me puse a escribir en aquel formulario que creía tener que tocar, cosa que con la presencia del protagonista de la farsa cambió. Con parsimonia fui escribiendo mi nombre, mis apellidos, al tiempo que pensaba en qué estaría haciendo él. 

  La curiosidad me podía así que alcé la cabeza como si estuviera haciendo que pensaba en algo, cuando al mirarle, note que él estaba haciendo lo propio conmigo. Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron, y así estuvieron hasta que yo me decidí a apartar la mía. Frío, con cierto desdén, clavó sus ojos en mí con la rotundidad propia de una persona fuerte y segura de sí misma. Me miraba sin mirarme, seguramente porque de ese modo su mente se desentendía de lo que había en sus manos, un papel y un bolígrafo, que apenas si había utilizado. Apenas si había escrito una palabra a medio terminar que parecía ser un nombre. Tal vez algo no le cuadraba, o se sentía incómodo asistiendo a ese proceso de selección de un encargado de restaurante, que por ser para una hipotética franquicia se hacía en un hotel y no en el propio local, como corresponde al modo habitual de entrevistas del mundo de la hostelería. 

  Repentinamente empecé a sudar. Me vino esa sensación tan poco agradable de sentir como mi cuerpo transpiraba y comencé a olisquearme como si fuese un perro, por temor a que mi cuerpo o mis ropas pudieran generar algún tipo de mal olor. Estaba cada vez más incómodo y cada vez que alzaba la cabeza ahí estaba él que como si fuese una estatua apenas se movía, manteniendo su mirada puesta en quien tenía delante, o sea en mí. ¿Se estará dando cuenta?, me dije, a quien su postura empezaba a intimidarme de ya  de manera considerable. ¿Se habrá dado cuenta del montaje, y habrá visto algo que le haga sospechar? ¿Seré yo el culpable?

  Mis dudas tocaron a su fin gracias a Teresa, mi salvadora, que comenzaba el siguiente acto llamando a mi inquisidor vecino por su nombre, que resultó ser Fernando, para que hiciese su entrevista fingida. Y así se levantó y se fue; aprovechando que me daba la espalda di un resoplido que oyeron todos mis compinches produciendo un alborozo contenido en ese momento que pasó más tarde a risa generalizada en la cafetería de la Calle Atocha, donde nos reunimos todos después para comentar la experiencia y en la que fui casi tan protagonista como Teresa y los entrevistadores, que eran con mucho los que verdaderamente habían arriesgado en esta escena.

   David y su profesor consiguieron que Fernando escribiera algunos datos completos y ese papel fue a parar a manos de un juez, acompañado de una declaración de un perito que cotejó aquellas palabras con otros escritos donde su letra y su firma aparecían suplantando la de aquella mujer que gracias a la pericia de David ganó el juicio. Han pasado los años y recuerdo la experiencia como algo gratificante; ayudamos a aquella pobre mujer, pero si hay algo que no olvidaré nunca es el rictus y los ojos de aquel sujeto de mirada fría que si algún día volviera a ver, reconocería seguro. Y al pensarlo me surge una duda que me inquieta como me inquietó aquella noche cuando me acosté temprano, más cansado de lo habitual por culpa de las emociones vividas. Si me viera él de nuevo, ¿Me reconocería a mí?