Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




martes, 7 de marzo de 2017

En lo alto de la cuesta

 Aquella rampa se las traía. No tendría más de doscientos metros, pero el desnivel, que no sabía precisar, se hacía notar a poco de comenzar a subir. Hacía el típico día nublado, con brumas de esas que en mitad del campo se desperezan lentamente y que no terminan por disiparse hasta bien entrada la mañana.Pese al frescor de la temperatura, comenzó a notar como la frente se le llenaba de gotas de sudor,  y como esa transpiración continuaba expandiéndose, por todo su cuerpo, especialmente por la espalda, a la que el contacto con la mochila le bastaba para comenzar a sudar.

 Notaba como sufrían sus rodillas, que al ir avanzado con pasos inclinados hacían que el peso que llevaba a la espalda se repartiese de modo diferente sobre sus piernas. Después de varios días de caminata, rodillas y tobillos no dejaban de quejarse, algo que sólo con reposo y convenientes refriegas de alguna pomada de farmacia, conseguía aliviar, al llegar día tras día a cada albergue, pero que a medida que pasaban las jornadas, hacía más difícil recuperar unas articulaciones que llegarían agotadas a la meta final.

 Como siempre hacía cada vez que subía una cuesta, dejaba que sus ojos sólo mirasen al suelo, como si con la mirada ayudase a casa paso a dar el relevo a la otra pierna. En alguna parte había leído que la mejor manera de no agobiarse con lo que quedaba para terminar era concentrando la mirada y la atención en otro punto, y no tardó en encontrarle sentido a esa idea, una vez que él se puso en faena.A veces contaba los pasos para darse ánimos, otras veces miraba a los lados y se ponía metas intermedias, llegar a algún árbol o a alguna señal que hubiese en el camino, siempre manteniendo la vista lejos del objetivo real, el final de la cuesta, aquel que imaginaba cada vez más cerca.

 Pero esa vez, se hizo trampas a sí mismo. De un modo reflejo sus ojos se dirigieron hacia delante y allí enfrente, en lo alto de la cuesta, estaba él.

 Aunque aún lo veía pequeño se notaba que era un perro grande; por un momento se quedó como bloqueado con la vista que tenia delante, pero sus pies, quizá porque estaban ya hechos al ritmo de la caminata seguían haciéndole progresar. Eso mejoraba su visión del animal que, quieto, se había plantado en mitad del camino y miraba hacia abajo. 

 Faltarían unos escasos cincuenta metros cuando un miedo irracional se apoderó de él, corriéndole un escalofrío por la espina dorsal. Si ya transpiraba fruto del esfuerzo, ese miedo repentino, hizo que se acrecentase todavía más, volviéndose un sudor frío. La camiseta estaba encharcada, y el roce con la mochila ahora le molestaba, creando una sensación de humedad que le hacía tiritar. El miedo y el sudor terminaron por hacerle parar  la marcha.

Aquello no alteró las intenciones del animal, que seguía en lo alto, quieto, sin mover el rabo o las orejas, sin hacer gesto alguno que no fuera mantenerse erguido en sus cuatro patas con la cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda, y los ojos fijos, centrados en lo que venía de abajo. Esa falta de movimiento generaba más incertidumbre al momento, obligando al caminante a plantearse qué hacer.

 Lo único que tenía claro es que parecía un perro pastor, un cruce de alguna raza de pastoreo, quizá un mastín; seguramente atraído por el ruido de sus pasos y de su palo, que en cuestas como esta era un apoyo necesario para seguir la caminata. Pero no había cerca nada que indicase la presencia de un rebaño, o casa alguna de donde pudiera proceder el animal. Eso provocaba todavía más desazón llegando el momento de plantearse alguna alternativa con la que evitar el  paso por ese camino.

 A la izquierda había un terraplén pronunciado, que ofrecía vistas a un valle precioso, cosa que en aquel momento pasaba desapercibido; a la derecha, un montículo de varios metros, terminaba coronado en un bosque de arboles altos, que tampoco servía de alternativa. Solo quedaba plantearse bajar, sin que el plano de ruta que llevaba le sugiriese ruta alguna alternativa. 

 Estaba atrapado en medio de aquel paraje, sin nadie a quien recurrir. Estaban sólos el perro y él.

 Repentinamente se armó de valor y sus pies continuaron la marcha, con paso firme y decidido. Para tratar de mandar un mensaje intimidatorio a quien le esperaba arriba comenzó a dar golpes fuertes con el palo, que caía a plomo en el suelo, que en esa parte estaba lleno de cantos y piedra que le facilitaban la tarea de hacer ruido. La distancia fue haciéndose mínima, ya podía ver el color marrón oscuro del pelaje del animal, el gesto de su cara, que mostraba un perro viejo, de ojos con bolsas y canas en el hocico. las patas fuertes, terminadas en unas pezuñas grandes que seguían quietas, como si se hubieran clavado al suelo. Cuando quiso darse cuenta ya estaba al lado, justo al lado. Tuvo que irse hacia su derecha porque ni aún echándose encima el animal hizo gesto alguno de moverse; y así pasó  sin dejar de caminar, mirando siempre hacia delante, y de cuando en cuando por el rabillo del ojo para ver si le seguía.

 Andados un centenar de metros, se giró para ver donde estaba el animal. Lo encontró allí mismo, en la misma postura desde la que antes le observaba en la subida. Si antes tenía la cabeza girada hacia un lado, ahora hacía lo propio hacia donde estaba él y desde la lejanía creía ver el mismo gesto, la misma boca semi abierta y los mismos ojos cansados de quien a buen seguro habrá visto caminantes como él a centenares, desde esa su pequeña atalaya, sin mayor interés que la simple curiosidad