Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




jueves, 23 de febrero de 2017

El mostrador

 Incontables las veces que mi madre me envío a hacer algún recado. Era muy simple. Consistía en coger el dinero en una mano, normalmente algunas monedas, y en la otra la lista de cosas que había que comprar. Si esas monedas eran un billete, eso te obligaba a llevar el dinero bien guardado en la mano con el puño bien cerrado, como si ese medio fuese más efectivo que guardar el dinero en los bolsillos, porque, aunque parezca mentira, ya en aquella época hacían pantalones con bolsillos. De esa guisa, con los puños bien cerrados como si me fuese a pegar con alguien, andaba yo diligente de camino a la tienda, o ventita, como decíamos entonces.

 Los distintos cambios de casa hicieron variar la tienda de los recados, que no los encargos, normalmente cosas necesarias para la comida o la higiene diarias. Pequeñas compras, que se hacían como a mordiscos, de vez en vez, muy alejadas de las grandes compras de carro hasta los topes en el supermercado o gran superficie, concepto de compra que las economías domésticas asimilarían más tarde. Muchas de las veces la tienda ni siquiera era un local acondicionado para ello. La entrada de la casa, cuyo zaguán se prestaba por dimensiones, se habilitaba de local, con sus estantes, mostrador, y las inolvidables básculas, aquellas que con un juego de pesas de varios tamaños ayudaban a determinar el peso de lo que se adquiriese. 

 Eso que ahora llaman minimalismo, era algo ajeno al decorado de aquellas tiendas: cajones, tarros, estantes llenos de cajas de galletas o de conservas, ristras de ajos o embutidos colgados de ganchos... Las primitivas tiendas de ultramarinos ya aparecían en esos primeros establecimientos, surtidos muy póbremente si los comparásemos a las tiendas de hoy, pero que entonces, ya fuera por la aglomeración, o por la disposición de todo lo expuesto, daban la sensación de albergar un auténtico arsenal de viandas. Comestibles que además de entrar por los ojos lo hacían por la nariz, con esas mezclas de olores que combinaban el jabón Lagarto con el bacalao en salmuera o los jamones, siempre estratégicamente colgados.

 Mis ojos de niño de los recados sin embargo siempre reparaban en el mostrador. Al principio porque mi corta estatura apenas si me hacía ver más allá, obligando al tendero a ponerse de puntillas para mirarme y preguntarme qué quería; con los años la estatura cambio mi ángulo de visión y a los adornos del frontal del mismo, la mayor parte de las veces un mueble de madera, mejor o peor decorado, se sumó la encimera unas veces de plástico,  otras de mármol con aquellos montones de papel de color gris, basto y áspero que enjugaban tan bien la grasa de los embutidos o el agua de los pescados al envolverlos. Con el tiempo esos viejos mostradores dejaron paso a las cámaras frigoríficas acristaladas con visión de su interior, que además de mejorar la higiene, y de servir de expositor, daban al entorno un aire de modernidad que casi era la mejor publicidad para el negocio.

 Mostradores. Siempre fueron como una especie de límite. Una barrera que marcaba la relación entre cliente y tendero. Una especie de atalaya desde la que el vendedor hacía realidad los deseos del comprador, por minúsculos que estos fueran. Y paradójicamente aquella barrera era en realidad una vía de comunicación, de atención tal que convertía al cliente desde el momento en que entraba por la puerta en protagonista, en centro de atención. 

  Hoy las tiendas no tienen mostradores, son espacios abiertos donde las estanterias y sus productos se ofrecen sin limitación. El viejo tendero ha sido sustituido por alguien normalmente apático y empleado a tiempo parcial y el famoso mueble de madera que hacia las veces de mesa de intercambio de productos por dinero apenas si se ha reducido a una mínima superficie donde leer los códigos de barras. El vínculo de entonces se suple con la sensanción de abundancia y agilidad que tiene hacer la compra hoy día. El tiempo pasa, y con él los hábitos, que no entienden de nostalgias.