sábado, 23 de mayo de 2026

Brusca

 Hoy los medios de hacen eco de un infame aniversario, el del 23 de mayo de 1992, cuando una terrible deflagración levantó el firme de una autopista, la A-29, ubicada en Sicilia, justo a su paso por la localidad de Capaci. Cientos de metros de alquitrán, tierra, grava e hierros quedaron desparramados y en medio de ellos dos vehículos de la marca Lancia; en ellos viajaban el juez Falcone y su esposa, junto a una escolta de tres funcionarios de policía. Todos fallecieron en el acto.

  Uno de los túneles que la autopista tiene construídos bajo su superficie fue el lugar escogido para colocar un potente artefacto explosivo detonado a distancia desde un promontorio con buena visibilidad donde está todavía hoy ubicada una caseta de mantenimiento. Desde esa atalaya privilegiada, fría y cobardemente, activó la bomba Giovanni Brusca, oscuro sicario del Clan Corleonesi, durante muchos años grupo destacado de la Cosa Nostra.

 Actuó así como buen mercenario que era, por encargo directo de Salvatore Riina, conocido como la bestia, que cumplió la máxima de no dejar sin castigo los golpes que la mafia siciliana había sufrido por parte de jueces y policías y que tuvo como punto álgido la celebración del Maxi proceso, jucio que desde febrero de 1986, a diciembre de 1987 sentó en el banquillo a un total de 475 acusados, condenando a 338 de ellos que se repartieron un total de 2.665 años de prisión, sin incluir las sentencias a cadena perpetua que se impusieron a diecinueve jefes y asesinos mafiosos algunos de los cuales continuaron dirigiendo sus organizaciones criminales desde la prisión.

 Brusca consiguió mantenerse libre y operativo para su organización en la que escaló tras la detención de Riina. Hijo de mafioso, apenas había estrenado su mayoría de edad, asesinando al primer hombre. Frío, calculador, sin escrúpulos, definido por quienes le conocían como un monstruo, respondia a apelativos tales como el cerdo ( U' Verru), o matacristianos ( lo Scannacristian).

 Detenido en 1996, sorprendentemente colaboró con la justicia, delatando a capos de la organzación y dando valiosa información que le condenaría entre los suyos, que sólo contemplan una vía a quienes les delatan o tracionan: la muerte. 

 Tras cumplir 25 años de prisión, accedio a un regímen de tercer grado que le permite vivir en libertad, acogido en el plan de testigos protegidos del Estado Italiano, bajo una identidad falsa. Hoy tiene 69 años y nadie sabe donde vive,  ni por donde para. 

 Estas son las paradojas de la vida y del sistema. Aquel que asesinó a uno de los valedores del régimen penitenciario que acoge ahora leyes que permiten la reducción de condenas, vive en libertad, gracias a ellas. Saber qué pasa ahora por la cabeza de un ser así, qué piensa o qué opina con la perspectiva que da el tiempo y los años pasados y vividos, sería sin duda, interesante. 

 

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