Día desapacible, oscuro, con el cielo cerrado, atiborrado de nubes negras que descargan agua a ratos con lluvia fina que cala y enfría.
Dan ganas de quedarse en casa, viendo desde el sofá cómo las gotas martillean el cristal del ventanal, agarrado a un libro. La lluvia alimenta la necesidad intelectual igual que el agua aporta nutrientes a las plantas, pura vida.
Toda la atención está en un punto del corazón del país, donde se debaten los decretos de protección a inquilinos y de ayuda al alquiler de viviendas. A priori se sabe el resultado final y que este removerá las fichas de un tablero político que aboca al país a elecciones.
Hoy la oscuridad es atmosférica y climatológica, pero es otra la negrura que tiñe el ánimo de la gente, preocupada por la pérdida de derechos, de opciones de vida, desangelada ante los embates de una realidad cada vez más cara, que nos convierte a la mayoría en más pobres.
Ya hemos pasado por otras pruebas de dificultad, pero venían provocadas por un problema sobrevenido; éste en cambio, es un mal que aqueja desde hace años, por el que nadie se ha preocupado como debiera hasta ahora y que genera un malestar y un clima de negatividad del que es muy difícil desprenderse.
Siguen los parlamentos en el hemiciclo; para dentro de un par de horas se espera la votación final a mano alzada; si no hay sorpresas,llegará la galerna con sus vientos y olas grandes. En medio de la tempestad tocará esperar decisiones, que nos devuelvan la responsabilidad a los que manejamos eso que llaman soberanía popular de manera colectiva; que nos inviten a dar nuestra opinión es ahora más necesario que nunca.
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