lunes, 19 de octubre de 2026

Verano del diecisiete

 Aquel mes de agosto cogí un vuelo de Transavia a Paris-Orly, donde me esperaba mi amigo Jorge; tras hacer noche en su piso de Versalles, cogimos su auto y bajamos hacia Aviñón, donde habíamos hecho reserva de hotel por cuatro noches.

 Allí montamos el punto de referencia de un viaje con el que pretendíamos conocer la Provenza, con sus campos plagados de girasoles que tanto impacto causaron a Van Gogh, como bien pudimos ver en su museo en Arlés. Visitamos Nimes y Saint Remy de Provence, lugar donde nació el ínclito Nostradamus, ciudad mágica por sus callejuelas de casas encaladas en blanco y postigos en ventanas de todos los colores. Qué maravilloso contraste.

 En Aviñón visitamos el impresionante palacio papal, si bien se asemeja a una empalizada o alcazar defensivo, lugar que fue sede del pontífice durante casi setenta años en el siglo XIV, y  refugio de los antipapas otros cuarenta años más tras el Cisma de Occidente, sólo sofocado con la elección final de Martin V.

 Antes de regresar, paramos por la industriosa Montpellier, donde estaba haciendo una breve estancia para aprender francés nuestra amiga Andrea, para comenzar el retorno haciendo escalas en la bellísima ciudad de los dos ríos e infinidad de librerías, Lyon y más tarde Orleans; en medio de las dos, decidimos hacernos más llevadero el viaje y hacer noche en Limoges.

 Recuerdo que cogimos un motel de carretera económico a la entrada, dejamos el coche en el parking y fuimos caminando hacia el centro; cenamos pizza, (¿En Francia?,  Oh, mon Dieu!) y durante el paseo un chaval nos abordó con su móvil en ristre preguntándonos si nosotros estábamos cazando también pokemons, (sic). Justo en ese instante pasábamos delante del ayuntamiento de la ciudad, un impresionante palacio señorial copado con reloj que daba los cuartos, las medias y las horas, datado a finales del siglo XIX.

 Limoges es una ciudad de fama internacional, gracias a sus maravillosas porcelanas y esmaltes; ahora lo es también por causar estupor las imágenes del edificio sede del consistorio de gobierno local al que las llamas consumieron el pasado sábado por la noche. 

 Las atrocidades y actos vandálicos del pasado fin de semana, me han traído de nuevo a la mente,(y a este blog), un recuerdo maravilloso de un viaje único e irrepetible. La vida es así, de algo monstruoso puede salir algo bello y hermoso; a fin de cuentas el fuego limpia y purifica y los detrozos ocasionados en edificios históricos y públicos, en negocios particulares de gente a la que va a costar un suspiro levantar la cabeza  y en el mobiliario urbano, serán la base sobre la que se construirá algo nuevo, aunque ahora ese horizonte parezca lejano y confuso. A estos días de excesos, abusos y violencia, les queda el tiempo que corresponda, en algún momento habrá un punto de inflexión que devolverá las agua a su cauce, pues son consecuencia de algo más profudo que tenemos enquistado dentro de nosotros como sociedad. La atomización moral a la que nos vemos expuestos, principal responsable de lo que nos sucede, antes incluso que la crisis económica, tiene los días contados, aunque no lo parezca. Por más que nos obcequemos, somos animales racionales y el momento de la reflexión colectiva llegará, poniendo así punto y final a este ciclo ominoso.

 


 

 

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