Fueron los últimos coletazos de una semana laboral exangüe.
La última de un septiembre que achicharra, que no deja que el verano se vaya por donde ha venido.
Silencio en la planta, hoy como otros viernes me tocó irme el último de la oficina.
Sólo el vuelo errático de alguno de los insectos que atraen las plantas de la ventana interrumpe mi estado de concentración gracias a la calma y el silencio.
Mirando por la ventana, veo la glorieta por la que siempre transitan coches y personas, chavales en su mayoría con mochila que salen del centro de formación profesional que tengo al lado de mi trabajo.
Como si de una pequeña atalaya se tratase, les observo en mi descanso para estirar las piernas desde lo alto, mientras ellos andan ya libres ahí abajo.
Es el mirador de los viernes, por donde veo pasar la vida de transeuntes dispares, quienes pueblan unas calles, que dejarán su correteo e intensidad de diario, para ser un páramo tranquilo y desierto, sólo al alcance de sus vecinos, sin alumnos ni empleados de oficina de por medio.
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