Salgo de casa y bajo al apeadero del cercanías para recargar mi tarjeta mensual; nuevamente me encuentro la ventanilla cerrada.
Intento actualizarlo con una de las máquinas del vestíbulo pero me da error; me pide un codigo pin que ni tengo ni sé donde localizar; aunque más tarde me dirán como hacerlo, en ese momento me veo sin la opción de cargar mi título, antes de que comience la semana de faena.
Tengo tiempo y hace un día estupendo, así que me animo a coger el coche e irme a Ciempozuelos, el pueblo de al lado; tardo en alcanzar la estación por cuenta de las fiestas patronales, que tienen cortadas varias calles del casco urbano; al fin llego y aparco el coche. Cuando entro en el recinto me encuentro la misma película, ventanilla cerrada.
No hay dos sin tres. Siguiente parada, Aranjuez. Al ser fin de línea, seguro que su servicio de atención al cliente estará operativo, así es y además no tengo que hacer cola para que me atiendan; pido información para poder cargar la tarjeta sin necesidad de pasar por ventanilla y me dan las pautas a seguir para una próxima vez; antes de irme, pregunto a quien me ha atendido:
- ¿ Hay alguna razón por la que no estén operativas la ventanillas en otra estaciones de la línea?
- Si, que no hay personal para atenderlas.
La sinceridad tan rotunda de la chica me deja frío. Esperaba que me lo dieran a entender o que me lo transmitieran veladamente por razones corporativistas, pero no con tanta claridad, de manera tan rotunda.
Me marcho, continuo con mi domingo, con la tarea hecha aunque costara más de lo esperado. Hace demasiado buen día como para indignarse con las miserias de un servicio que más que cercanías debiera llamarse lejanías, por la distancia cada vez mayor que hay entre el servicio que uno paga y lo que al final el usuario recibe, cada vez más deficiente.
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