Apenas son las ocho de la mañana cuando paso delante de las instalaciones de PACADAR, en unas naves que lucen desangeladas, oscuras, con muros deslucidos que dieran la sensación de abandono. Nada más lejos de la realidad; tal vez esa impresión de lugar en ruinas se acrecienta con la soledad de un domingo por la mañana por la zona, en la que apenas me cruzo con algún ciclista; contiguo a la nave industrial aparecen las vías del viejo tren reconvertido en turístico, Tren de Arganda, el tren que pita más que anda, como dice el popular dicho.
Justo detrás, lucen pacientes y relucientes con el primer sol de la mañana las aguas de la Laguna de Campillo, un humedal artificial alimentado por las corrientes del Río Jarama, que encuentran en esta hondonada una vía de escape provocada por la empresa próxima y sus excavaciones de áridos y grava, que al llegar al nivel freático del terreno provocaron la inundación.

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