Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




miércoles, 26 de julio de 2017

Un salto adelante

 Siempre lo mismo. Estoy harto. Por más años que pasen ella sigue igual. Y yo aguantando sus cambios de humor y sus desprecios. Disfruta haciéndome sentir un guiñapo. Lo sé.

  ¿Cómo puedo llevar veinticinco años aguantando esto? Para consolarme siempre me digo lo mismo: éramos muy jóvenes, no teníamos mundo y eran otros tiempos; entonces el matrimonio era una forma de salir de casa y emanciparse. ¿Eso justifica que esté con una persona que no me quiere? Ni a mí ni a nadie. Ella solo tiene ojos para sí misma, para su tienda, para esas ridículas figuritas de porcelana que vende y para sus estiradas clientas, que ella llama amigas y no son más que cotorras, que por más que se maquillen no esconden a la bruja que hay detrás de sus caras.

 Los hijos son una bendición sí, pero a mí me condenaron. Si no hubieran venido Luis y Yolanda, quién sabe dónde estaríamos ahora. Por ellos he renunciado a muchas cosas, paliando con las alegrías que me han dado la frustración que da tener una mujer que te desprecia.

 Y es que en el fondo la quiero y después de tantos años, aún sigo ilusionándome con la idea de hacer cosas, juntos.

 Cuando le dije que tenía una sorpresa para celebrar nuestras bodas de plata, me miró con la cara cruzada, con esa forma de posar sus ojos en mí, llenos de prepotencia y desdén que me hace sentir como un perro sarnoso,  – Con lo ordinario que eres vete tú a saber lo que se te habrá ocurrido-, me dijo. Siempre me echó en cara que no me integrara en su mundo de ínfulas y postureo, aunque lo que ella llevaba peor era mi trabajo, que me gustara ser cartero y no aspirase a otra cosa. Claro, cómo iba ella a fardar de un marido así en medio de cualquiera de los aquelarres que montaba en la tienda, o cuando se iba a jugar a las cartas con sus amigas. Sin embargo nunca la he oído quejarse cuando las ventas de la tienda no daban para nada y era mi sueldo de funcionario el que pagaba las facturas. 

 Aun no sé cómo me dijo que sí, cómo se subió al avión y aceptó que volviéramos a Rivera Maya, que reeditáramos después de tantos años el mismo viaje que hicimos en nuestra luna de miel. No le ha hecho ninguna ilusión que fuéramos al mismo hotel. Le ha resultado indiferente que reservara la misma habitación. Allí la he dejado sentada en su tumbona, bebiendo un mojito en la piscina, después de que discutiéramos por una estupidez, otra vez más. – Vete de paseo tú, a ver si así te aireas y dejas de darme el coñazo-, me dijo a modo de despedida. 

 Pues sí, ya lo creo que me voy de paseo. Le pedí al recepcionista del hotel que me dijera a qué actividad podría apuntarme en ese mismo momento, y dio la casualidad que un grupo para hacer puenting estaba a punto de salir. Y yo con ellos.

 Aquí estoy, en lo alto de un paso ferroviario abandonado de no sé cuántos metros de caída. El monitor lo ha repetido varias veces, pero aunque le oigo, no le escucho. Es mi turno. Están poniéndome las cuerdas en las piernas. Noto como me aprietan los tobillos. Ya me han colocado el casco. Me dan las últimas instrucciones antes de dar el salto. Mis compañeros de expedición me miran con curiosidad. Noto que se preguntan cómo un hombre de mi edad tiene interés en hacer una cosa así. Ellos no saben que sus miradas no me afectan, en eso estoy curtido, son insignificantes si las comparo con otras que si me hacen daño.

 Llegó el momento. Estoy al borde del abismo. Miro hacia abajo. Para mi sorpresa no me mareo. No espero a que el monitor me empuje. Necesito hacerlo, necesito saltar. Estoy seguro que no voy a hacia ningún precipicio. No sé por qué, pero siento que es un salto hacia adelante.

Voy para abajo.